—Esta vez—dijo,—ya no viajará usted solo por ella.
—¿Y seré más feliz?—le repliqué.—¿Estaré más seguro de no añorar nada? ¿En dónde volveré a encontrar lo que aquí deje?
Entonces Magdalena se apoyó en mi brazo en actitud de completo abandono y me dijo esta sola frase:
—¡Amigo mío, es usted un ingrato!
A mediados de noviembre, en una fría mañana de blanca helada, abandonamos mi casa de Trembles. Los carruajes siguieron por la carretera, atravesaron Villanueva como otra vez hiciera yo. Alternativamente mis ojos recorrían la campiña que desaparecía detrás de nosotros y el hermoso rostro de Magdalena sentada enfrente de mí.
XII
Habían concluido los días felices; acabada aquella corta temporada pastoral, volví a caer en profundas preocupaciones. Apenas instalados en el hotelito que debía servirles de apeadero en París, Magdalena y el señor De Nièvres comenzaron a recibir y el movimiento del mundo hizo irrupción en nuestra vida.
—Me quedaré en casa una vez por semana para los extraños—me dijo Magdalena;—para usted estaré siempre. La próxima semana doy un baile, ¿vendrá usted?
—¿Un baile?... No me seduce...
—¿Por qué? ¿Le da miedo la gente?