—Ni con usted ni con nadie.

—Haga como guste—concluyó con cierta sequedad.

No le hablé más en toda la noche y la rehuía perdiéndola de vista lo menos posible.

Oliverio llegó pasada ya la media noche. Yo conversaba con Julia que había bailado de mala gana y ya no bailaba más, cuando entró en el salón tranquilo, con mucho desahogo, sonriente, con aquella expresión en la mirada de que se armaba como de una espada tendida, cada vez que se encontraba con caras nuevas, sobre todo de mujeres. Se acercó a Magdalena, le estrechó la mano y oí que se disculpaba por haber llegado tan tarde. Después dio una vuelta por el salón, se detuvo a saludar a dos o tres mujeres de quienes era conocido, y por fin sentose familiarmente al lado de Julia.

—Magdalena está muy bien. Y tú también estás muy bien, mi pequeña Julia—dijo a su prima casi sin haber puesto atención en su tocado.—Solamente—añadió en el mismo tono de abandono,—llevas dos lazos de color de rosa que te hacen un poco morena.

Julia no se movió. Primero fingió no haber oído. Después fijó lentamente en Oliverio el esmalte azul oscuro de sus pupilas sin llama, y luego que le hubo mirado por algunos segundos de una manera capaz de desarraigar hasta la firme constancia de su primo, me dijo poniéndose de pie:

—¿Quiere usted acompañarme junto a mi hermana?

Hice lo que ella quería y me apresuré a reunirme con Oliverio.

—¡La has ofendido!—le dije.

—Es posible. Julia me angustia.