—¿De modo que se ha casado usted?—le dije comprendiendo que se trataba de una alianza seria y definitiva.
—Sin duda. ¿Creía usted que le hablaba de mi querida? Amigo querido, no tengo bastante tiempo, ni bastante dinero, ni bastante ingenio para atender a los gastos de semejantes vinculaciones. Además, con la manía que ya usted me conoce de tomarlo todo en serio, las considero como un matrimonio tan caro como los legales, que satisfacen menos aunque suelen ser más felices y a veces más difíciles de romper: lo que prueba una vez más hasta qué punto somos los hombres aficionados a los vínculos viciosos. Son muchos los que se van para evitar el matrimonio y que, por lo contrario, deberían casarse para romper cadenas. Temía yo ese peligro—al cual me sentía demasiado expuesto—y he tomado, como usted ve, el buen partido. He establecido a mi mujer en el campo, cerca de París, pobremente—debo decirlo,—añadió con aire de comparar la instalación de su casa con la de la mía, aunque ella era muy modesta—y un poco tristemente, que por ella lo temo. Por eso apenas me atrevo a invitarle para que venga a visitarnos.
—Cuando usted quiera—le repliqué estrechándole tiernamente la mano,—tan pronto como consienta en presentarme a la señora de...—iba a decir su apellido.
—He cambiado de nombre—me dijo interrumpiéndome.—He solicitado y obtenido autorización para usar el apellido de mi madre, una excelente y respetable mujer, cuyo recuerdo—porque la perdí demasiado pronto,—vale más que el de mi padre a quien sólo debo el accidente de mi nacimiento.
Jamás se me había ocurrido averiguar si Agustín tenía familia, hasta, tal punto tenía la manera de ser de los huérfanos, es decir, el aire de independencia y abandono, o en otros términos el carácter de una vida individual, sin orígenes, ni deberes, ni vinculaciones, ni dulzuras. Se ruborizó levemente al pronunciar la frase «accidente de mi nacimiento» y comprendí que era más aún que huérfano.
—Le ruego—continuó,—que hasta nueva orden, no me traiga a su amigo Oliverio. No hallaría en mi casa nada de lo que a él le agrada, sino una mujer muy buena y perfectamente abnegada, que todos los días me agradece el haberme casado con ella, que, gracias a mí, ve lo porvenir de color de rosa, que no tiene más ambición que verme dichoso por ahora y que se complacerá de mis éxitos el día en que se los haga apreciar.
Amanecía ya y Agustín hablaba todavía; apenas la claridad del crepúsculo empalidecía la luz de la lámpara y hacía visibles los objetos se acercó a la ventana para bañar su rostro en el aire helado de la mañana. Veía su rostro anguloso y descolorido dibujarse como una mascarilla de sufrimiento sobre la extensión del cielo mal alumbrado por inciertos reflejos. Su vestido era de color oscuro, toda su persona tenía ese aspecto reducido, comprimido, disminuido, por decir así, de las personas que trabajan mucho sin moverse, y aunque estaba por encima de todo cansancio, estiraba los flacos brazos como un obrero adormecido entre dos tareas que se despierta al oír el canto de los gallos.
—Duerma—me dijo.—He abusado con exceso de su complacencia en escucharme. Pero permítame quedarme aquí una hora más.
Y se sentó a mi mesa para preparar un trabajo que debía quedar terminado aquella mañana misma.
No advertí cuándo salió de mi cuarto. Desapareció con tanto silencio que al despertarme parecíame haber soñado toda una historia austera y conmovedora cuya moraleja se dirigía a mí.