—A propósito—continuó Magdalena en el instante que me alejaba.—Esta noche voy al teatro con mi padre y mi hermana. Hay un lugar para usted si lo quiere.

—Permítame usted...—dije fingiendo reflexionar sobre compromisos que no tenía.—Esta noche no estoy libre.

—Había pensado—añadió con la dulzura de niño tomado en falta.—Esperaba...

—Me es absolutamente imposible—respondí con una sangre fría cruel.

Hubiérase dicho que me causaba placer devolviéndole capricho por capricho y torturándola.

Por la noche, a las ocho y media entraba yo en su palco. Empujé la puerta lo más suavemente posible; ella tuvo la sensación de que era yo porque afectó el no volver siquiera la cabeza. Permaneció por entero ocupada de la música, los ojos fijos en el escenario. Sólo cuando llegó el primer descanso de los cantantes pude acercarme a ella y obligarla a recibir mi saludo.

—Vengo a pedirle un lugar en su palco—le dije poniéndola a medias en una mentira,—a menos que ese puesto no esté destinado al señor De Nièvres.

—El señor De Nièvres no vendrá—respondió Magdalena volviéndose del lado de la platea.

Se ponía en escena una obra maestra, inmortal. Cantantes incomparables, que ya han desaparecido, ponían en ella transportes de entusiasmo. El auditorio estallaba en aplausos frenéticos. Aquella maravillosa electricidad de la música apasionada, removía como con la mano, la musa de cerebros pesados o de corazones distraídos y comunicaba al más insensible de los espectadores aires de inspirado. Un tenor, cuyo nombre por sí solo era un prestigio, llegó cerca del proscenio, a dos pasos de nosotros. Se mantuvo un momento en la actitud recogida, un poco torpe del ruiseñor que va a cantar. Era feo, gordo, estaba mal vestido, sin atractivo, otra semejanza con el virtuoso alado. Desde las primeras notas hubo en la sala un ligero estremecimiento, como en un bosque en donde las hojas palpitan. Jamás me pareció tan extraordinario como aquella noche, velada única y última en que quise oírle. Todo era selecto, hasta el idioma fluido, ondulante y rimado que presta a la idea choques sonoros y hace del vocabulario italiano un libro de música. Cantaba el himno eternamente tierno y lamentoso de los amantes que esperan. Una a una en melodías nunca oídas, desarrollaba todas las tristezas, todos los ardores, y todas las esperanzas de los corazones muy enamorados. Hubiérase dicho que se dirigía a Magdalena, tan directamente nos llegaba su voz penetrante, emocionada, discreta como si aquel cantor sin entrañas hubiera sido confidente de mis propios dolores. Cien años habría yo buscado en el fondo de mi pecho torturado y abrasado, antes de encontrar una sola palabra que valiese un suspiro de aquel melodioso instrumento que decía tantas cosas y no sentía ninguna.

Magdalena le escuchaba anhelante. Yo estaba detrás de ella tan cerca como permitía el respaldo de su butaca, en el cual me apoyaba. De cuando en cuando se echaba atrás hasta el punto de que sus cabellos me barrían los labios. No podía hacer un gesto de mi lado, que yo no sintiera en seguida su aliento desigual y lo respiraba como un ardor más. Tenía los dos brazos cruzados sobre el pecho, acaso para contener los latidos de su corazón. Todo su cuerpo inclinado hacia atrás obedecía a palpitaciones irresistibles, y cada inspiración de su pecho comunicándose de su asiento a mi brazo me imprimía un movimiento convulsivo en todo parecido al de mi propia vida. Era para creer que el mismo aliento nos animaba a la vez en una existencia indivisible y que la sangre de Magdalena, no la mía ya, circulaba en mi corazón enteramente desposeído por amor.