París entero dormía como duerme de tres a seis de la mañana. La luna alumbraba los muelles desiertos, huyendo hasta perderse de vista. Apenas hacía frío: estábamos en marzo. El río tenía estremecimientos de luz que lo blanqueaban y corría sin hacer el más leve ruido entre sus altas riberas pobladas de árboles y de palacios. A lo lejos se hundía la ciudad populosa con sus torres, sus medias naranjas, sus flechas, en las cuales parecía que estaban encendidas las estrellas como faros, y el París central dormitaba confusamente extendido bajo las brumas. Aquel silencio y aquella soledad elevaron hasta el colmo el sentimiento súbito que me venía de la vida, de su grandeza, de su plenitud y de su intensidad. Recordé lo que había sufrido, entre las multitudes o en mi casa, siempre aislado y sintiéndome perdido, en la medianía, y continuamente abandonado. Comprendí que aquella larga enfermedad no dependía de mí, que toda pequeñez era el hecho de la falta de felicidad. «Un hombre es todo o no es nada»—me decía.—El más pequeño se torna el más grande, el más mísero puede dar envidia... Y me parecía que mi dicha y mi orgullo llenaba París.

Forjé ensueños insensatos, proyectos monstruosos que no tendrían excusa si no hubieran sido concebidos en un acceso de fiebre. Quería ver a Magdalena aquel día, a todo trance. «Ya no habrá—me decía—subterfugios, ni disfraces, ni habilidad, ni barreras que prevalezcan sobre lo que yo quiero y contra la certidumbre que tengo.» Llevaba en la mano las flores rotas, las miraba y las cubría de besos, las interrogaba como si guardasen el secreto de Magdalena, las preguntaba qué había dicho ella cuando las desgarraba, si eran caricias o insultos... Y no sé qué sensación desenfrenada me replicaba que Magdalena estaba perdida y que ya no tenía más que atreverme.

Al día siguiente corrí a casa de Magdalena. Había salido. Volví los días siguientes: no había medio de encontrarla. Adquirí la convicción de que no respondía de sí misma y recurría a medios de defensa que fuesen a toda prueba.

Tres semanas, sobre poco más o menos, transcurrieron así, en lucha contra puertas cerradas y en un estado de exasperación que me ponía al nivel de una bestia extraviada obstinándose en salvar vallas.

Una tarde me llegó un billete. Lo mantuve un momento cerrado, suspendido delante de mis ojos, como si él contuviera mi destino.

«Si tiene usted la más leve amistad para mí—me decía Magdalena,—no se obstine en perseguirme; me hace usted mal inútilmente. Mientras tuve la esperanza de salvarle de un error y de una locura, nada que pudiera dar resultado economicé. Hoy me debo a otros cuidados que había abandonado con exceso. Proceda como si no habitara usted en París a lo menos por algún tiempo. De usted depende que le diga adiós o hasta la vista.»

Aquella despedida trivial, de una sequedad perfecta, me causó el efecto de un derrumbe. Después, al abatimiento sucedió la cólera. Y acaso la cólera fue lo que me salvó. Ella me prestó energías para reaccionar y adoptar un partido extremo. Aquel mismo día escribí dos o tres cartas diciendo que me ausentaba de París. Me mudé de casa, fui a ocultarme en un barrio alejado, llamé en mi auxilio lo que me quedaba de razón, de inteligencia y de amor al bien, y volví a empezar una nueva prueba cuya duración no sabía, pero que en cualquier caso debía ser la última.

XVI

Este cambio se operó de la noche a la mañana y fue radical. No era ya el momento de vacilar y enfriarse. Tenía horror a las medias tintas. Me gustaba la lucha. La energía superabundaba en mí. Rechazada en una parte, mi voluntad tenía necesidad de revolverse en otro sentido, de buscar un nuevo obstáculo que vencer, en pocas horas, por decir así, y lanzarse sobre él. El tiempo se me hacía eterno. Aparte toda cuestión de tiempo me sentía, si no envejecido, a lo menos muy maduro. No era yo un adolescente a quien el menor pesar clava, todo dolorido, sobre las blandas pendientes de la juventud. Era un hombre orgulloso, impaciente, herido, aguijoneado por los deseos y las pesadumbres, que caía, de repente, en lo mejor de su vida—como un soldado al mediodía de la jornada decisiva,—con el corazón henchido de agravios, el alma amargada por la impotencia, el cerebro en plena explosión de proyectos.

No volví a poner los pies en el mundo, a lo menos en aquella parte de la sociedad en donde arriesgaba hacerme notar y encontrar recuerdos, que me hubieran tentado. No me encerré tampoco demasiado estrecho porque hubiera muerto ahogado; pero me circunscribí en un círculo de hombres activos, estudiosos, especiales, absortos, enemigos de quimeras, que se dedicaban a la ciencia, a la erudición o al arte como aquel ingenuo Florentín que creó la perspectiva y por las noches despertaba a su mujer para decirle: «¡Qué dulce son es la perspectiva!» Desconfiaba de los extravíos de la imaginación y la puse en orden. En cuanto a mis nervios, que yo había cuidado tan voluptuosamente hasta entonces, los castigaba de la manera más ruda por el desprecio a todo lo que es enfermizo y el propósito firme de no estimar más que lo que es robusto y sano.