La mañana siguiente, a eso de las diez, bajé al salón y estaba hablando con la Vizcondesa, cuando, con gran sorpresa nuestra, vimos entrar al general, que nos dijo con la mayor alegría:
—Buenos días, queridos amigos.
—¡Cómo!... ¡Dios mío!... ¿De dónde sale mi yerno? ¿Por dónde ha llegado?... No hemos oído entrar el carruaje en el patio.
—Es que llegué esta madrugada, a las cinco, cuando todos ustedes estaban entregados al sueño.
—¿De veras?
—No quise despertar a nadie y me fui derecho a la alcoba de mi mujer que, por cierto, al pronto, no quería abrirme. Tanto miedo sentía.
—¡Ya lo creo!... El que despierta sobresaltado...
—Imaginábase que los españoles o los contrabandistas se apoderaban del castillo. ¡Pobrecilla!... Por fortuna no tardé en tranquilizarla... ¿Y qué tal va su salud, y la de usted?
—Envidiables.
—¿Se han aburrido ustedes mucho en mi ausencia?... ¿qué han hecho aquí, entretanto?