—¿Conoce usted a ese joven que acaba de marcharse?

—Sólo sé que se llama Arturo, que vive en la calle de Helder, núm. 7, y que este invierno se ha abonado a un palco segundo que da frente a la escena.

—¿Y, según parece, está en el palco a todas horas?

—Viene a él solamente por la mañana; pero por la noche no lo ocupa nunca y está siempre cerrado.

Efectivamente, en toda la semana no se abrió la puerta del palco, que permaneció vacío y sin que nadie se presentase en él.

El estreno de Roberto el Diablo estaba muy próximo, y en esos últimos días el pobre autor se ve agobiado con peticiones de localidades y billetes. ¿Se imaginan ustedes que éste tiene tiempo de pensar en su obra, en los cortes y cambios que serían necesarios? De ninguna manera. Necesita contestar a las cartas y reclamaciones que recibe por todas partes; y las señoras, sobre todo, son las más exigentes en ese día.—Debía usted haberme reservado dos palcos, y no he podido obtener más que uno.—Me había usted ofrecido una delantera, y sólo he recibido un asiento de primera fila.—Me dijo usted que podía contar con el número 10, inmediato al palco del general, y me ha enviado usted el número 15, que está junto al de la señora D***, a quien no puedo sufrir, y que está sumamente infatuada con sus diamantes.

En un día de estreno se enfrían muchas veces las relaciones con los mejores amigos, que acceden a perdonarle a uno algunos días después, si se ha obtenido un éxito brillante, pero que continúan enojados durante mucho tiempo cuando es víctima de un fracaso; de modo que queda uno mal con ellos como con el público. Bien dicen que «un mal no viene nunca solo».

La mañana del día fijado para el estreno de Roberto el Diablo, debía yo entregar a unas señoras un palco que les había ofrecido; palco de que el director me había despojado para dárselo a un periodista. Al quejarme de ello, me contestó:

—¡Es para un periodista!... Ya ve usted, un periodista... que la detesta... pero que, gracias a esta atención, consentirá en hablar bien... de la música.

El argumento no admitía réplica, y, por otra parte, el palco estaba ya dado. Pero, ¿dónde colocar a mis lindas señoras, cuyo enojo era para mí, en otro orden, tan temible como el del periodista? Recordé entonces a mi desconocido, y me encaminé a su casa.