—Accedo a ello, pero con la condición de que no llevará usted a ese palco más que hombres.

—Precisamente—repuse,—se lo pido para unas señoras...

Quedó silencioso durante un momento, y luego dijo:

—Entre esas señoras, ¿hay alguna a quien usted ama?

—Sin duda—contesté ligeramente.

—Entonces, disponga del palco. De todos modos, hoy mismo salgo de París.

Aguijoneado por el interés y la curiosidad, al oír estas últimas palabras, hice un movimiento, cuyo significado debió de adivinar él sin duda alguna, porque me apretó la mano entre las suyas, diciéndome:

—Ya supondrá usted que ese palco tiene para mí recuerdos muy queridos y crueles... que a nadie puedo confiar... ¿A qué conduce quejarse cuando uno es desdichado sin esperanza... y lo es por su culpa?

Aquella noche tuvo lugar el estreno de Roberto, y mi amigo Meyerbeer alcanzó un éxito inmenso, que se extendió por toda Europa. Más tarde, sucediéronse muchos otros acontecimientos literarios o políticos y otros muchos fracasos. No volví a ver a Arturo, ni a pensar en él: le había olvidado.

Hace pocas noches, me encontraba también en la Opera. Esta vez no se representaba Roberto, sino Los Hugonotes. Habían transcurrido cinco años.