—Señorita—continuó el joven,—está usted en su casa, y mi deseo es que se encuentre bien en ella y sea dichosa. Perdóneme si tengo pocas veces el honor de ofrecerle mis respetos; mis muchas ocupaciones me privarán de este placer. Por lo cual no reclamo más que un título... el de ser amigo de usted. Y un solo derecho... el de satisfacer sus menores caprichos.

Judit no contestó; pero su corazón latía con tal violencia, que hacía mover el ligero percal de su bata.

—Respecto a su tía...—y pronunció esta palabra en tono despreciativo,—estará, en adelante, a las órdenes de usted, porque usted es aquí el ama, y todos la han de obedecer... empezando por mí.

Luego se acercó a ella, le tomó una mano, que llevó a sus labios, y viendo que aun estaba temblorosa, dijo:

—¿Le da miedo, acaso, mi presencia? Tranquilícese, sólo volveré cuando me necesite... cuando me llame... Adiós, Judit... adiós, hija mía.

Y salió acto seguido, dejando a la pobre joven confusa y presa de una emoción que ella no conocía y que en vano hubiera intentado explicarse.

Durante todo aquel día, tuvo Judit en la imaginación la figura del hermoso desconocido, con sus grandes y expresivos ojos negros, pues aunque, aparentemente, no le había mirado, no por eso dejó de examinar su apostura, sus maneras y hasta su traje. Creía estar oyendo aún aquella voz tan dulce, cuyas palabras habíanse grabado en su memoria. La pobre Judit que, hasta entonces, había dormido perfectamente, aquella noche no pudo conciliar el sueño. ¡Era la primera vez! A la mañana siguiente, levantose con el rostro pálido, los ojos hinchados...

La tía, entretanto, no dejaba de sonreír.

Era imposible hablar del desconocido sin que el lindo rostro de Judit se cubriese de súbito rubor...

Y la tía continuaba sonriendo.