»A esta broma imprevista lancé una carcajada, y mi alegría excitó la de Carlos. Sólo Teobaldo guardó su compostura, y nos dijo moviendo la cabeza:
—»¡Eso sí que es extraño!
»A estas palabras, nuestra alegría creció de pronto.
—»No se rían ustedes...—nos dijo con gran seriedad y sangre fría.—Debo ser el más razonable de los tres... y soy el más débil y supersticioso... Lo que acaban de decirme me ha impresionado, y a mi pesar no puedo dejar de creerlo.
—»¿Por qué?—le interrogué.
—»Porque he soñado exactamente lo mismo.
»Todos lanzamos un grito de sorpresa.
—»Sí—dijo a Carlos;—yo sacerdote y tú gran señor.
—»¿Y yo?—pregunté a mi vez.
—»Usted, señora, es diferente—me dijo con tristeza;—no estaba con nosotros, nos había dejado, nos había abandonado.