—¿Cómo explicar, si no, su ausencia, y sobre todo sus beneficios... esos beneficios de que me avergüenzo por usted y que he rechazado? Sí, Judit, no los quiero, no quiero más que su amor; y si es verdad que no me ha olvidado, que me ama todavía... ¡venga... sígame!... para seguirme es preciso amarme... porque ahora ya no tengo fortuna que ofrecerle... ¡Qué! duda... no me responde... ¡ah! ¡comprendo su silencio! Adiós, adiós para siempre.

Y se dispuso a abandonarla; pero Judit le detuvo, asiéndole de una mano.

—Hable, Judit; hable por favor—exclamó el pobre joven.

Pero la desgraciada no podía: los sollozos ahogaban su voz.

Arturo cayó de rodillas. Ella no pronunció una palabra, pero lloraba, y el joven creyó que aquellas lágrimas eran su mejor justificación.

—¿Me ama usted, pues, aún?... ¿No ama a nadie más que a mí?...

—Sí—repuso ella, tendiéndole una mano.

—¿Y cómo creerla?... ¿Dónde están las pruebas?... ¿Quién me las dará?...

—El tiempo.

—¿Qué haré, pues?...