—¡Tal vez le tenga reservada alguna otra!

—¿Cuál?—preguntó vivamente el profesor en Derecho.

—Lo ignoro—respondió el notario con una sonrisa;—pero se asegura que el anciano Duque, su difunto esposo, no la llamaba nunca más que: mi hija.

En aquel instante se abrió el consabido palco segundo, y apareció Judit, envuelta en su manto de armiño y apoyada en el brazo de su amante, que ya era su esposo.

Una misma exclamación salió simultáneamente de las butacas de la orquesta:

—¡Qué hermosa es ella! ¡Qué dichoso es él!

FIN