—Sí, siempre; pero, ¡qué importa! se trata de ti... ¿Qué quieres?

—No lo sé... quisiera hablarte... Después, cuando te he visto así... todo lo he olvidado... hasta a mi futuro, a Fernando; es por él por quién vengo... está aquí y quiere despedirse de ti.

—¡Se marcha!...—dijo Juanita incorporándose sobre su asiento.—Precisamente debía hoy mismo hablar con el duque de Carvajal, sobre el matrimonio de ustedes. ¿Por qué se va?

—¡Ah!—exclamó Isabel con un suspiro;—no se le puede vituperar su marcha, porque era el mejor partido que podía tomar.

—¡Cómo! ¿Le amas por ventura?

—Sí... es decir, poco hasta aquí, porque mi sola pasión eres tú, ¡hermana mía! bien lo sabes. Pero conozco, a pesar de todo, que Fernando es un noble joven, tiene un excelente corazón... y creo que le amo.

—¿Desde cuándo?

—Desde esta mañana... ¡después que ha rehusado mi mano!

Isabel dijo esto con un aire de satisfacción que asombró a Juanita, la cual no se podía dar cuenta de lo que pasaba.

Un momento después entró Fernando. Era un joven y hermoso caballero en la flor de su edad; sus cabellos estaban naturalmente rizados, y llevaba con mucha gracia una capa de paño azul y una espada con empuñadura de oro ricamente cincelada. En sus expresivos ojos reflejábase el valor español, templado por la gracia y el abandono de la juventud. El duque de Carvajal, su padre, era uno de los primeros señores de la provincia de Granada. Las intrigas de la corte y la privanza de Ensenada, ministro de Fernando VI, teníanle, hacía mucho tiempo, ausente de Madrid y postergado en su carrera política. No pudiendo ser hombre político, anhelaba ser rico, y la avaricia había sucedido a la ambición. Una pasión consuela a otra. El duque soñaba para su hijo único un matrimonio opulento, e Isabel parecía el mejor partido de Granada: a él, porque la joven era rica, y a Fernando, porque la amaba.