—»Señor capellán; abandone esta misma noche el castillo en compañía de la Condesa; peligra su libertad y su vida; mañana será demasiado tarde.
»En seguida se alejó precipitadamente.
—»Es alguno—le dije,—que ha querido burlarse de usted.
—»No, no—me contestó haciendo la señal de la cruz;—porque me ha parecido oír la voz de Carlos que venía a salvarla.
—»¡Carlos!—exclamé;—es imposible.
—»Sí, eso mismo he pensado yo; pero mi corazón me ha dicho que era él. Cuando se alejaba, después de estrechar mi mano, grité:
—»¡Carlos! ¡Carlos!
»Entonces se detuvo, y creí que se iba a arrojar en mis brazos; pero me equivoqué, pues lanzando un grito de dolor, volvió la cabeza y desapareció velozmente.
»No podré explicar la turbación que me causó esta sencilla relación. ¿Por qué abandonar el castillo donde estábamos seguros, y en el que nuestra numerosa servidumbre podía defendernos? Semejante aviso me pareció absurdo y me hizo dudar de todo.
»Sin embargo, para no tener nada que reprocharme, envié a buscar a mi esposo. A pesar de ser ya más de media noche, el Conde estaba fuera todavía. Ordené que me llamasen a su vuelta. Pero el Conde no regresó al castillo en toda la noche.