»En pocas palabras le conté mi falta, mi imprudencia, y le referí todo lo que había escuchado.

»A medida que yo hablaba, la mortal palidez de su rostro desaparecía lentamente. Un ligero carmín lo coloreó; la sangre y la vida circulaban por sus venas... Y, entretanto, sentíase bañado por mis lágrimas, y percibía los latidos de mi corazón, que, a mi pesar, le ponían de manifiesto mi alarma y mi amor.

—»¡Angel del cielo!—exclamó.—¡Eres tú quien me llama y quien busca mi alma!

—»No, no—le dije:—esa alma tan noble y pura debe permanecer aún sobre la tierra; es nuestra, nos pertenece.

—»Sí, tienes razón—me contestó, entusiasmado;—esa alma es tuya, tuya... Porque sólo tú puedes elevarla hasta el cielo o hundirla en los abismos; sólo tú puedes hacerme dichoso o quitarme la vida. ¡Oh, Juanita! Nunca sabrás lo que sufro... ¡Vivir junto a ti, enervarse con tu aliento, sentir consumirse de amor, sin atreverse, sin poder manifestarlo... éste es el tormento que me acibara todos los instantes del día... bien lo ves, no puedo renunciar a él, no puedo separarme de ti sin morir!

»Carlos estaba a mis pies, y cubría mis manos con sus besos... En mi turbación, en la enajenación de mis sentidos, percibí el ruido que hacía una puerta al abrirse. Un momento después, el conde de Pópoli estaba detrás de nosotros, nos miraba. Si hubiesen ustedes conocido lo violento de su carácter, comprenderían el furor que se apoderó de él. Se arrojó sobre nosotros, y repentinamente vi brillar dos espadas. Carlos hizo caer la de su adversario, y bajando la punta de la suya, dijo:

—»Escúcheme usted, escúcheme: su esposa es inocente, lo juro delante de Dios.

—»¡Y bien! ¡pronto vas a justificarte delante de él!—dijo el Conde, que acababa de recoger su arma y comenzaba de nuevo el combate con una rabia que había de serle fatal.

»Al arrojarse sobre Carlos, que no hacía más que defenderse, cayó mortalmente herido. En aquel instante entró una persona en el salón. Era un amigo, un salvador; era Teobaldo.

—»¡Desdichado!—gritó dirigiéndose a Carlos:—¡Vete, vete! ¡Mi coche está a la puerta, huye... Ya que no por ti, por el honor de Juanita!