Los jóvenes hicieron un gesto de sorpresa, y Juanita continuó lentamente y con voz temblorosa, a causa de la emoción:
—Si se presentase una persona que busco y que no he podido volver a ver, y a quien pertenece toda esta fortuna, aun después de mi muerte, Fernando, será preciso devolverla... ¿Me lo jura? Fío en su honor. Pero si esa persona no apareciese, todos esos bienes serán suyos y de mi hermana.
—Háganos el favor de explicarnos eso—dijo Fernando.
—¡Ah! Es un grande y terrible secreto, que sólo ustedes conocerán... Pero sí, es necesario... es necesario que sea antes de mi muerte, ¡y ésta está muy próxima!... No me interrumpan, pues—dijo la Condesa notando la emoción de su hermana.—Es muy largo de contar, e ignoro si mis fuerzas bastarán. Pero cuando tenga necesidad de descanso, lo diré... e interrumpiré mi relato.
Y haciendo que los dos jóvenes se sentaran junto a ella, la Condesa comenzó en esta forma:
II
«Mi hermana y yo nacimos en el reino de Nápoles, que en aquel tiempo era una provincia de España. Siendo muy jóvenes aún, perdimos a nuestros padres y quedamos bajo la tutela de nuestro tío, el duque de Arcos, del que no pretendo hacer el retrato, porque fue muy conocido. En su juventud, había sido virrey de Nápoles, y su dureza e inflexible rigor causaron la desgracia del pueblo, a quien trataba como esclavo, conduciéndole de este modo a la desesperación, a la rebeldía. Bajo su gobierno ocurrió aquella famosa revolución de una semana, durante la cual el pescador Masaniello fue aclamado rey por el pueblo y asesinado después por el mismo pueblo que le había aclamado. El duque de Arcos, al volver al poder, no fue ni más hábil ni más clemente; redobló sus rigores, a los que él denominaba rigores saludables. Este era todo su sistema político; no conocía otro. El clamor público obligó, por último, al rey de España a darle un sucesor, retirándose el Duque murmurando de la debilidad de un soberano que no le dejaba concluir la gloriosa obra a que había dado principio. Y aunque le seguían las maldiciones del pueblo, no obstante conservaba en su tranquila conciencia la satisfacción interior y el convencimiento íntimo del bien que había realizado.
»En la época en que nos llevó consigo, nuestro tío tenía cerca de ochenta años, y era siempre el mismo. Sus opiniones y su carácter no habían cambiado en nada. No había perdonado aún a mi padre, que se había casado sin su consentimiento, y mi madre murió sin que consintiese en verla. En aquellos momentos estaba solo y sin familia, y lo que era más sensible, sin nadie en quien ejercer su tiranía; y no teniendo a quien dominar, por puro egoísmo se propuso educarnos. Al vernos, se obstinó en que Isabel, que contaba a la sazón tres o cuatro años, debía tener vocación religiosa, y la puso en el convento della Pietá. Yo tenía algunos años más que mi hermana, y me dejó en su casa con el propósito de establecerme un día a su capricho.
»Relataré brevemente cuanto sucedió durante mis primeros años. Separada de mi hermana, a quien no veía nunca, y encerrada en un lúgubre pero magnífico castillo cuyo circuito no podía traspasar, fui criada en el temor de Dios y de mi tío, cuyo aspecto y cuya voz me hacían temblar. El Duque veía siempre con una especie de satisfacción íntima el respeto que me inspiraba. El miedo era la única lisonja que le agradaba. Era el mejor medio de hacerle la corte, y sin quererlo, yo satisfacía su gusto.
»No tenía, por mi parte, otra satisfacción que la de ver a mi maestro de música, un hábil organista, un napolitano de unos cincuenta años de edad, cuyo entusiasmo, cuyos gestos, y sobre todo, cuya peluca me hacían reír; éstos eran los únicos momentos que tenía de distracción en tan sombría morada.