—»¡Vamos, Juanita! ¡diviérteme! ¡Canta una barcarola!
—»¡Sí, señora!—exclamó vivamente Gerardo, a quien la música le hacía olvidarlo todo.—Cante usted el aire de Pórpora: O pescator felice.
»Mi tío frunció su entrecejo; porque después de la revolución de Masaniello, no podía oír tranquilamente la palabra pescador. No obstante, como en la cavatina de Pórpora el pescator felice concluye por naufragar, este desenlace, más sin duda que el modo con que yo canté, causaron tanto placer a mi tío, que exclamó:
—»¡Bravo! ¡bravo! ¡Pide lo que quieras, te lo concedo por el día que celebramos!
»Yo me arrojé a sus pies y le supliqué que hiciese traer y educar en el castillo al pequeño Carlos, que era de mi edad, próximamente. Esperando su contestación, Gerardo no respiraba; y yo, pálida y conmovida, temblaba de pies a cabeza.
»Agradablemente sorprendido, sin duda, mi tío contestó con una dulzura poco acostumbrada en él:
—»Un noble español no tiene más que una palabra; sostendré la que te he dado. En lo sucesivo, Carlos será de la casa; será un paje que estará a tu servicio.
»Me es imposible pintar a ustedes la alegría y el reconocimiento del pobre Gerardo. Partió dichoso y tranquilo, y durante tres años nos dio noticias suyas con bastante frecuencia. Tuvo su viaje un resultado feliz y alcanzó gran éxito en la corte de Rusia. La esposa de Pedro el Grande, la emperatriz Catalina, le nombró su maestro de capilla. Al cuarto año cesó de escribirnos. ¿Había sucumbido al rigor del clima? ¿El amor que por todas partes seguía su fortuna le había hecho robar alguna princesa rusa? No lo pudimos averiguar, y hasta mucho tiempo después no tuvimos noticias suyas, ni oímos hablar más del pobre Gerardo, de mi maestro de música.
«Durante este tiempo, Carlos, su hijo, se criaba y educaba en la casa de mi tío; yo estaba encantada de mi joven paje. Su salud delicada se había robustecido, su cuerpo habíase desarrollado; y aunque demasiado joven todavía, sus facciones ofrecían tanta nobleza y regularidad, que mi maestro de dibujo, el señor Lasca, pintor de talento, le tomaba por modelo de todas las figuras de ángeles y querubines con que decoraba el salón de mi tío; y el pobre joven se veía obligado a pasar horas enteras delante del artista, en vez de ir a jugar o correr por el parque.
»Por lo demás, desde el duque de Arcos hasta el último criado del castillo, todos, excepto yo, lo hacían rudamente sentir la posición en que se encontraba. Modesto y resignado, guardaba silencio, no se quejaba nunca... ni aun a mí, y no derramaba una lágrima; pero con frecuencia había en sus negros ojos, cuando los levantaba hacia el cielo, una expresión de dolor y de dulzura indefinibles.