—Tal vez consiga que el Duque ceda en su obstinación—contestó Teobaldo sonriendo,—pues no será la primera vez que ha cambiado de parecer... ¡Pero esa joven!... Es difícil y poco conveniente a mi carácter desviarla de la vida religiosa, mucho más si tiene una verdadera vocación.
—No lo creo: Isabel ha sido educada en un convento y detesta la vida del claustro; hace sólo tres meses que desea tomar el velo.
—¿Por qué causa?
—Lo ignoro.
—¿Ama a usted, a pesar de todo?
—Sí, me ama, así me lo ha dicho; pero no quiere ser mi esposa.
—¡Sólo Dios la sabe!... ¿Y usted, padre mío, podrá averiguarla?
—¡Ah!—dijo Teobaldo moviendo la cabeza;—Dios no nos revela esos secretos.
El prelado se equivocaba. El Cielo le ayudaría a descubrir aquel secreto, y su instinto y su conocimiento del corazón humano completarían la obra.