—¿Habrá en el mundo nadie más desdichado que yo?
—¡Sí—le contestó Teobaldo oprimiendo su mano;—sí, lo hay! Que esta idea te consuele y te impida acusar a la Providencia.
—¡Cómo! ¡Más que perder lo que se ama, sentirse amado y no poder pertenecer al objeto que se idolatra!
—¡Tú has sido amado, al menos!... Si hubieses visto, por el contrario, que la mujer a quien adorabas amaba a otro; si, más fuerte que la ley de la Naturaleza, los deberes de la religión hubiesen levantado entre ustedes una barrera insuperable; si confidente de su ternura para con tu rival, para un amigo, hubieses velado constantemente por ellos; si, en fin, ¡oh, tormentos del infierno! hubieses unido sus manos, ¿te creerías aún el más desdichado de los hombres?
—¡Cómo!—exclamó Carlos espantado,—esos tormentos de que hablas...
—Los he experimentado yo.
—¡Y los has podido soportar y ocultarlos! ¿Quién te ha dado el sobrehumano valor que necesitabas para ello?
—¡Dios y la amistad!
Y ambos amigos confundiéronse en un cariñoso abrazo, mientras el pueblo repetía, aludiendo a los recién casados: