Mientras que el gitano se ocupaba en hacer desembarcar las mercancías, el reverendo se había aproximado a los contrabandistas.

—¡La paz sea con vosotros, hermanos míos!—les dijo.

—¡Amén!—respondieron ellos, besándole el hábito.

El fraile.—Ya veis, hijos míos, cuán cara me es vuestra salvación, y...

El filósofo.—Es decir: nos es cara... a nosotros. ¡Pero Dios haga que ese capital, colocado aquí en oremus, nos proporcione allá arriba la vida eterna!

—¡Silencio, el hereje!—gritaron.

El fraile hizo un gesto despreciativo y continuó:

—¡Cuán cara me es vuestra salvación!... porque yo me expongo a pasar días enteros con ese hijo de Satanás, para que Dios no se irrite de vuestras relaciones con él.

—Y para hacer su pacotilla—repuso el incorregible filósofo.

—Por eso os bendecimos, padre mío—gritaron los otros contrabandistas a fin de ahogar aquella impertinente interrupción.