—¡Él!... ¡siempre él... él en todas partes!—exclamó con un gesto de desesperación—. ¡Horror! cuando me prosterno ante tu imagen sagrada, ¡oh Cristo! tus divinas facciones se borran... y es él a quien veo... ¡él a quien adoro!... Sí, muda y confusa, quiero escuchar a la superiora, cuando lee un libro santo; pues bien, su voz parece debilitarse y desaparecer y es a él a quien oigo; porque el sonido armonioso de sus palabras vibra siempre en mi corazón... ¡Horror! en fin, si me arrastro penitente al tribunal divino, allí también está él... porque mi amor es el único crimen de que pueda acusarme.

Se echó a llorar.

—¡Un crimen! ¿es verdaderamente crimen? ¡Oh madre mía! si no hubieses muerto, estarías conmigo; yo tendría mi cabeza sobre tus rodillas y tú... acariciarías con tus manos mis cabellos largos y rizados; y me dirías si es un crimen, porque yo te lo confesaría todo. Ya ves, madre mía, me habían dicho que yo sería dichosa en el convento, pero que para esto era preciso abandonar el mundo; dije que sí, porque entonces aún no sabía lo que era el mundo... Y después me vistieron y me adornaron como una santa y me llevaron a una fiesta en la que un toro mató a dos cristianos—así me dijeron—, porque yo permanecí oculta en el regazo de mi superiora durante todo el tiempo que duró aquel horrible espectáculo... Pero de pronto, un grito de extrañeza resonó y yo levanté la cabeza... era... era él. Sí, él... que fijó sobre mí una mirada... que me matará; y él me dijo la primera vez, ¡oh, lo estoy oyendo aún: Por usted señora, y en honor de sus hermosos ojos, azules como el cielo. Después, rápido, se revolvió... y yo me estremecí a mi pesar... La segunda vez, me dijo con la misma voz, con la misma mirada, sonriéndome y saludándome con la mano derecha: Por usted también, señora, y en honor de esa boca encarnada, purpurina como el coral. Y con intrepidez esperó al monstruo cuyos cuernos estaban tintos en sangre, y lo abatió a sus pies... El espanto se había apoderado de mí, puse las manos en la balaustrada del palco, tanto temía por él; porque me parece que si él hubiese sido herido, yo habría muerto. Entonces él se apoderó de mi mano, ¡oh!, bien a mi pesar, madre mía... y la besó, sí...

Sus ojos se cerraron. Apoyó la cabeza sobre la almohada y continuó en voz baja y con palabras entrecortadas:

Y—quizá tú me dirás, madre mía: «Mi rosita, ¿le amas tú, pues? Bien, entonces os prometeréis y Dios os bendecirá». ¡Oh! sí, prometidos... Mira a mi novio, ¡qué hermoso es!... Flores, flores por todas partes... He ahí a mis compañeras con sus largos velos blancos... ¿no oyes el grave sonido del órgano... y la multitud que repite como yo: «¡Qué hermoso es el novio!» ¡Oh! llega el viejo sacerdote... su mano tiembla al unirnos; ya es mío, es mi esposo ¡es mi esposo... ¡Oh! madre mía, quédate, quédate... ¿Me dejas?

—Tu esposo está contigo, ángel mío.

—¡Madre mía! ¡mi buena madre!

Dichosa joven, dormía. ¿No es, repito, un digno convento, el convento de Santa Magdalena?

VII

EL LEVANTE