...Yo no sé, maestro, si es demonio
o brujo; mi manta encarnada se ha
vuelto negra, y he mellado mi larga
espada escocesa golpeando el ala satinada
de un joven cisne.
Word'Wok, «Aventuras de Ritsborn, el buen loco».

—Y bien, Bentek—dijo el gitano al viejo negro—, ¿qué quieres? ¿Por qué has llegado aquí saltando y debatiéndote como un tiburón al que clavan el harpón?

Pero Bentek, viviendo entre mudos, había acabado por tomar horror a la palabra y por perder casi la costumbre de hablar; de modo que no respondió más que por el monosílabo ¡pom!... ¡pom!... que acompañaba con gestos bruscos y precipitados.

—¡Ah! ya caigo—dijo Blasillo—; el viejo cormorán quiere probablemente hablar del cañón.

Blasillo no se equivocaba, porque apenas había terminado de hablar, cuando un cañonazo lejano se oyó, después otro y después otro. Finalmente, advirtieron un vivo cañoneo.

Eran los valientes de Massareo que destruían la otra tartana.

—¡Por los santos del paraíso!—exclamó el ardiente joven—, ya habla el cañón.

El gitano escuchaba silenciosamente, mientras que Bentek continuaba sin interrumpirse sus ¡pom!... ¡pom! y su viva pantomima. Blasillo, poniéndose apresuradamente un cinturón, colocaba en él su sable, su puñal y sus pistolas. Tenía ya el pie en la primera grada de la escalera del sollado, cuando el gitano, que se había hundido en el diván, le gritó:

—Blasillo, bebamos, hijo mío, y hablemos de la monja y del escalo del convento de Santa Magdalena.

—¡Beber... hablar!... ¿en este momento?—preguntó Blasillo, confundido, abandonando el cordón de seda rojo que iba a servirle para subir la escalera.