Nadie en la escampavía se atrevió a contestar esta impertinente fanfarronada.

—Pero, ¡por la ardiente pupila de Moloch! ¿no respondéis? Vamos, que ese capitán que ha restaurado mi tartana con tanta diligencia, que ese valiente capitán se levante, o destrozo su embarcación. ¡Palabra de honor! Pensad bien, hermanos míos, que vosotros no encontraréis como yo en el fondo del Océano bravos demonios de alas de fuego que, saliendo de los abismos de lava ardiente en que se agitan, tomen vuestra escampavía sobre sus hombros para ponerla a flote. Porque la claridad que vosotros veis, hermanos míos, no es más que el reflejo de sus alas que han desplegado un momento. Por última vez, capitán, levántate, o atacaré tu navío con un cierto fuego que el agua bendita y los exorcismos no podrán apagar, te lo juro.

Los españoles sufrieron un instantáneo sobresalto, como si hubiesen recibido una conmoción eléctrica, pero nadie se levantó.

—¡Por la uña de Belcebú! es sin duda ese héroe del frac azul y de la charretera de oro que oculta su cabeza detrás de un cañón y que no se menea más que un pescado muerto... Blasillo, hijo mío, haz que esconda esa pierna que se le ve aún, porque el valiente se desliza como una culebra a lo largo de ese afuste.

Blasillo dejó caer el gatillo de su larga carabina, y el capitán Massareo, por el brusco movimiento que le hizo hacer su herida, se encontró casi sentado en el puente, fijando en el gitano unos ojos mortecinos que miraban sin ver.

Creo que la bala de Blasillo le había roto una pierna.

—Ve a decir a los sabuesos de la aduana y al señor gobernador de Cádiz, que yo hubiera podido destrozar e incendiar tu buque, y que no lo he hecho. Mírame bien—añadió el gitano poniéndose la punta de su índice en la frente amplia y despejada—, mírame bien, para que te acuerdes del condenado y de su clemencia; pero como mañana podrías creer que se trataba de un sueño, he aquí lo que te probará la realidad de tu visión. ¡Adiós, valiente!

Al mismo tiempo tomó una mecha de las manos de Bentek, y se aproximó a un cañón; el disparo partió, la bala silbó, rompió el palo de mesana del guardacostas, hundió una parte de la borda, mató dos hombres e hirió tres.

Apenas había resonado el cañonazo, cuando el inmenso foco de luz en medio del cual apareciera el gitano, se extinguió como por ensalmo, y la obscuridad profunda que reemplazó a aquella claridad deslumbrante, hizo las tinieblas más espesas aún; ya no se distinguía nada, ni se oía nada.

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