Y como aquellas gentes que, medio dormidas aún, creen salir de un sueño penoso haciendo algún movimiento violento, exclamó:
—¡Que el infierno se lleve a Melia, a sus estúpidos consejos y a mí mismo por haber sido tan tonto en seguirlos! ¿He de dejarme intimidar por esas mojigangas, buenas para asustar a las mujeres y a los niños? ¡No, voto a tal! no se dirá que Kernok... ¡Ea! prometida del demonio, habla pronto; tengo que marcharme. ¿Me oyes?
Y la sacudió fuertemente.
Ivona no respondía; su cuerpo seguía las impulsiones que le daba Kernok. No se notaba siquiera la resistencia que hace experimentar un ser animado. Se hubiera dicho que era una muerta.
El corazón del pirata latía con violencia.
—¿Hablarás?—murmuró, levantando la cabeza de Ivona que estaba inclinada sobre su pecho.
Ivona quedó en la posición que la dejara, pero su mirada continuaba siendo fija y sombría.
Los cabellos de Kernok se erizaban sobre su cabeza; con las dos manos hacia adelante, el cuello tendido, como fascinado por aquella mirada pálida y siniestra, escuchaba respirando apenas, dominado por un poder superior a sus fuerzas.
—Kernok—dijo por fin la bruja con una voz débil y entrecortada—, tira, tira ese puñal, porque hay sangre en él; sangre de ella y de él.
Y la vieja sonrió de una manera espantosa; después, poniendo el dedo sobre su cuello: