—Capitán, todo está dispuesto—repitió Zeli por tercera vez, con una entonación aún más elevada.
—¿Y quién ha sido el necio que ha dado esa orden?
—Usted, capitán.
—¡Yo!
—Usted, capitán, al volver a bordo, hace dos horas, tan cierto como ese quechemarín cubre su trinquete—dijo Zeli con una conmoción profunda, mostrando por la ventana una embarcación que en efecto ejecutaba esta maniobra.
Y Kernok dirigió una mirada a Melia, que bajaba, sonriendo, su linda cabeza, como para confirmar la aserción de Zeli.
Entonces se pasó rápidamente la mano por la frente, y dijo:
—Sí, sí, está bien, desamarrad y hacedlo preparar todo, para aparejar; subo en seguida. ¿La brisa no ha calmado?
—No, capitán; al contrario, es más fuerte aún.
—Ve y despacha.