¡Válgame Dios! es que la voz, la gruesa y terrible voz de Kernok resonaba en los oídos de los españoles.

—¡Oh! ¡oh!—decía el pirata—, se pone al pairo, arría su pabellón, el bribón está atemorizado; ya es nuestro. Zeli, haz armar la chalupa y la canoa grande; yo voy a hacerme cargo de cómo está aquello.

Y Kernok, poniéndose las pistolas a la cintura, y armándose de un largo cuchillo, se plantó de un brinco en la embarcación.

—Y si es una emboscada, si el navío hace un solo movimiento—gritó al segundo—, forzad los remos y poneos a distancia de garfio.

Diez minutos después, Kernok saltaba sobre el puente del San Pablo con sus pistolas en la mano y el cuchillo entre los dientes.

Pero lanzó una tal carcajada, que su excelente hoja le cayó de la boca. La causa de su risa era el ver al capitán español y a su tripulación arrodillada ante una grosera imagen de San Pablo, que se golpeaban el pecho reiteradamente. El capitán, sobre todo, besaba una reliquia con fervor siempre creciente, y murmuraba: «San Pablo, ora pro nobis...»

Pero San Pablo ¡ay! no se daba por entendido.

—Acaba con tus monerías, viejo cuervo—dijo Kernok cuando hubo acabado de reír—, y llévame a tu nido.

—Señor, no entiendo—respondió temblando el desgraciado capitán.

—¡Ah! es verdad—dijo Kernok—; tú no entiendes el francés.