Y una especie de alegría feroz y delirante los exaltó.
—Esos perros de ingleses no podrán decir que somos avaros—exclamó uno—; porque esa metralla les pagará con creces el cirujano que les cura.
—Ya se ve que combatimos con una dama. ¡Voto a tal! ¡cuánta galantería! ¡balas de plata!...—dijo otro.
—Yo no pediría más que una carga como esa para divertirme en Saint-Pol—añadió un tercero.
Y efectivamente, echaban el dinero en los cañones a puñados, hasta ahogarlos. De este modo pasaron cincuenta mil escudos.
Apenas todas las piezas estuvieron cargadas, cuando la corbeta, que se encontraba cerca del brick, maniobró de modo de meter su bauprés en los obenques de El Gavilán; pero Kernok, por un movimiento hábil, evitó el choque y luego se dejó derivar por el inglés.
A dos tiros de pistola, la corbeta envió su última andanada, porque ella también había agotado sus municiones; también se había batido bravamente y también había hecho prodigio de valor durante las dos horas del encarnizado combate. Desgraciadamente, el oleaje impidió a los ingleses apuntar bien, y toda su andanada pasó por encima del corsario, sin hacerle daño.
Un marinero del brick hizo fuego antes de la orden.
—¡Perro aturdido!—exclamó Kernok, y el pirata rodó a sus pies, abatido de un hachazo.
—Sobre todo—añadió—, no hagáis fuego hasta que estemos casi tocándonos; en el momento en que los ingleses vayan a saltar sobre nuestro puente, nuestros cañones les escupirán en el rostro, y ya veréis cómo eso les molesta; ¡estad seguros!