—¿Así—dijo el maestro Durand mostrando la corbeta que se balanceaba desmantelada—, abandonamos a esos pobres diablos?

—Sí—respondió Kernok.

—Pues no deja de ser un procedimiento bien poco delicado.

—¡Ah! es verdad... ¿Sabes los víveres que nos quedan a bordo, gracias al festín que os he dado, salvajes? ¡Pues bien! no nos queda más que una caja de galleta, tres toneladas de agua y una caja de ron; porque en un día habéis echado a perder los víveres de tres meses.

—Tanta culpa es de los de aquí, como de los que quedan allá.

—Me... río; tenemos aún, quizá, ochocientas leguas que hacer y diez y ocho hombres que mantener; además, éstos deben ser los primeros, porque se hallan en estado de trabajar.

—Los que deja usted en la corbeta van a reventar como perros o a comerse los unos a los otros; porque mañana, pasado mañana... tendrán hambre.

—Me... río, ¡que revienten! Vale más que sean los que están medio muertos que no nosotros, que aun tenemos mucho que hacer.

Los marineros del brick oían esta conversación y comenzaron a murmurar:

—No queremos abandonar a nuestros camaradas.