—¡Pen-Ouët! ¡Pen-Ouët!—gritó con un acento de cólera y de reproche—; ¿dónde estás, maldito niño? ¡Por San Pablo! ¿no sabes que se acerca la hora en que las cantadoras de la noche[3] se disponen a errar por la playa?

No se oyó más que el mugido de la tempestad que parecía redoblar su furor.

—¡Pen-Ouët! ¡Pen-Ouët!—gritó una vez más.

Pen-Ouët prestó por fin oído.

El idiota estaba inclinado sobre un montón de huesos a los cuales daba las formas más variadas y extravagantes. Volvió la cabeza, se levantó con aire descontento, como el niño que abandona a disgusto sus juegos, y se dirigió a la cabaña, no sin llevarse una hermosa cabeza de caballo, de huesos blancos y pulidos, que él apreciaba mucho, sobre todo desde que había introducido en su interior unos guijarros que resonaban de la manera más agradable, cuando Pen-Ouët sacudía aquel instrumento de nuevo género.

—¡Entra, pues, maldito!—exclamó su madre, empujándole con tanta violencia que su cabeza fue a dar contra la pared, y la sangre salió.

Entonces el idiota se echó a reír a carcajadas, con una risa estúpida y convulsiva, enjugó su herida con sus largos cabellos, y fue a dejarse caer bajo la campana de una vasta chimenea.

—¡Ivona, Ivona, cuida de tu alma, en lugar de derramar la sangre de tu hijo!—dijo el desollador que estaba arrodillado y parecía absorto en una profunda meditación—. ¿No oyes, pues?...

—Oigo el ruido de las olas que golpean esa roca, y el silbido del viento.

—Di mejor la voz de los muertos. ¡Por San Juan del dedo! hoy es el día de los difuntos, mujer, y los náufragos que nosotros...—aquí una pausa—, podrían muy bien venir a arrastrar a nuestra puerta el carriquet-ancou[4], con sus vestidos blancos y sus lágrimas sangrientas—respondió el desollador en voz baja y trémula.