—¡Por la Virgen! ¿de dónde sale ese demonio?—se preguntaban los hombres, estupefactos de tanta audacia.

De repente, resonó un grito general, porque el toro tomaba impulso para lanzarse sobre el caballero de la pluma blanca, que se volvió, saludó a la monja y la dijo sonriendo:

—Por usted, señora, y en honor de esos hermosos ojos azules como el cielo.

Apenas acabó estas palabras, el toro embistió... El jinete, con una prontitud maravillosamente servida por la agilidad de su caballo, dio un bote y se encontró a diez pasos del toro, que le perseguía encarnizadamente. Pero, gracias a su velocidad, el caballo se le adelantaba siempre y tomó bastante ventaja sobre él para que su dueño pudiera detenerse un momento ante el palco de la monja, y decirle:

—Por usted también, señora; pero esta vez en honor de esa boca encarnada, purpurina como el coral.

El toro llegó con furia; el hombre de la pluma blanca, arrancó una pistola del arzón, apuntó y disparó con tanta habilidad, que el toro cayó mugiendo a los pies de su caballo. Viendo el peligro inminente que corría aquel hombre singular, la monja había lanzado un grito penetrante y se había precipitado sobre la balaustrada de su palco, apoyando en ella las dos manos; él se apoderó de una, imprimió sobre ella un beso ardiente, y continuó dirigiéndola una mirada terrible y fija.

Había en aquella escena extraña tantos motivos de asombro para los españoles, que permanecían como petrificados. Aquel traje singular, aquel toro muerto, contra la costumbre, de un pistoletazo; aquel hombre que besaba la mano de una semisanta, de una prometida de Cristo, todo aquello contrastaba tanto con las enseñanzas recibidas, que la junta, el alcalde, el gobernador, se quedaron boquiabiertos, mientras que el que tan vivamente excitaba la curiosidad general, continuaba con los ojos inflamados y fijos sobre la monja, que, trémula y confusa, no tenía fuerzas para salir del palco. Era en vano que la superiora tratase de anonadarle con toda suerte de epítetos como: ¡impío, condenado, miserable, renegado! En vano le gritaba con el acento de la más santa indignación: «¡Tema la cólera del Cielo y de los hombres, usted que ha osado hacer oír palabras mundanas a unos oídos castos, usted que no ha temblado al tocar la mano de una esposa de Dios!

El miserable miraba siempre a la monja, repitiendo con admiración: «¡Qué hermosa es! ¡qué hermosa es!»

Por fin, la voz chillona del alcalde vino a sacarle de su éxtasis, tanto más fácilmente cuanto que la monja había abandonado el palco apoyada del brazo de la superiora, y que dos alguaciles habían sujetado la brida de su caballo, a lo que él no opuso resistencia alguna.

—Por quinta vez, usted, cualquiera quien sea, responda—decía el alcalde—. ¿Con qué derecho ha matado usted de un pistoletazo un toro destinado a divertir al público? ¿Con qué derecho ha dirigido usted la palabra a una joven que mañana debe pronunciar sus votos santos e irrevocables? En una palabra, ¿quién es usted?