—No se trata de ti, por Cristo, sino más bien de mí. Si tú hubieses sido detenido en tierra, ¿qué habría hecho yo aquí?
—¡Qué quiere usted! las distracciones son tan raras en nuestro estado... la idea de ver esa fiesta me ha sonreído, ¡y sin duda me ha guiado mi buen ángel, padre mío!
—¡No me llames tu padre, condenado! El que tú llamas tu buen ángel, ¡por San Juan! tiene el pie torcido.
—Como usted quiera, no insisto en ello... En cuanto a su invitación, hago tanto caso de ella como esto...—Y golpeó con su varilla sus botas que chorreaban agua—. Sepa usted que esperaré no sólo ese guardacostas, sino otro que debe llegar del Este.
—¡Les esperarás! ¡virgen santa! ¡les esperarás! ¡Oh San Francisco, rogad por mí!
Y después de un momento de silencio, gritó con todas sus fuerzas:
—¡Arriba todo el mundo, arriba, hermano mío! En nombre del superior de San Francisco, yo os orde...
—¡Acabemos, fraile!—dijo el condenado; y le puso una mano sobre la boca, y con la otra oprimió tan violentamente el brazo del tonsurado, que el desgraciado comprendió toda la significación del gesto y se arrojó sobre el puente del navío con la expresión de ese terror mudo que nos anonada cuando tenemos la convicción íntima de no poder escapar a un peligro inminente.
El gitano sonrió compasivamente; después miró fijamente en dirección a la bahía de Cádiz.
—¡Por las rocas de la Carniola! ¡tardas bastante tú también!—exclamó viendo la segunda escampavía destacarse del horizonte y avanzar con rapidez—. Llegan aquí como dos sabuesos que atacan a una corza en un zarzal; pero los sabuesos son pesados y torpes mientras que la corza es astuta y ligera. ¡Por sus ojos azules! la caza va a comenzar, porque se oyen los cuernos.