El juicio que merece á las nuevas generaciones americanas esta obra de Hostos puede expresarse con las palabras del tratadista, hombre público y profesor chileno, Angulo Guridi: “Es el mejor tratado de Derecho constitucional que conozco en español, inglés é italiano.”
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HOSTOS, HOMBRE DE IDEALES Y HOMBRE DE HOGAR
Hemos considerado á Hostos, aunque á las volandas, por varias faces de su múltiple personalidad: como maestro, como crítico literato, como filósofo moralista, como sociólogo, y como tratadista de Derecho constitucional.
Para esbozar la obra de su poderoso y fecundo espíritu, basta. Por la garra se juzgará de ese león.
Hasta aquí lo que respecta al hombre de ideas. Por lo que respecta al hombre de ideales, lo hemos visto renunciando á todas las solicitaciones del interés para consagrar su juventud inquieta y altruísta á un sueño de libertad: al sueño de independencia para sus Antillas natales. Y cuando vió derrumbarse la fábrica de un pueblo, mientras él estaba ayudando á levantarla, consagró su vida á una obra de cultura americana, creyendo tal vez, con muy buen acuerdo, que la cultura es una de las más firmes bases de la nacionalidad en todas partes; pero sobre todo en nuestras repúblicas de América, enfermas de barbarie.
Fué un civilizador como Sarmiento; pero le faltó lo que tuvo el argentino: un pueblo que plasmar. Le faltó una patria. Los celos de nuestras nacionalidades; las pequeñeces locales de nuestros paisesitos, cada uno de los cuales se cree el ombligo del planeta; el triunfo de Páez, Rivadavia, Santander, y del ideal antiboliviano de patrias microscópicas que éstos abrigaban, impidieron á Hostos, á tan gran varón como Hostos, no digo ya dirigir una república, pero ni siquiera influir directamente en los negocios públicos de un pueblo desde la curul de un Parlamento ó el sillón de un Ministerio. El caso de Bello en Chile no se ha repetido. Habría, para verlo repetirse, que dictar en cada república leyes de excepción en favor de los demás hispano-americanos, sin olvidar, naturalmente, aquellas limitaciones imprescindibles, única fianza de no caer en la utopía.
Los hombres traducen su alma por actos ó por ideas. El hombre que había en Hostos se ha ido diseñando por sí mismo al través de estas páginas. Añadiremos algunos rasgos que acentúen los contornos de la fisonomía moral de Hostos.
Tuvo seis hijos. Cuenta quien está al tanto de las intimidades de aquel varón bíblico, que, mientras pequeñuelos, se complacía en dormirlos personalmente, cantándoles canciones que él mismo compuso para ellos. “Las Pascuas—escribe un discípulo de Hostos—, las fiestas de familia, como los cumpleaños de sus hijitos, eran celebrados por él con árboles de Navidad, retablos, fuegos artificiales, guiñoles, audiciones musicales, sombras chinescas y representaciones teatrales en que los mismos niños hacían de actores y para los cuales él escribió las comedias: ¿Quién preside?, El cumpleaños, La enfermita y El naranjo.”
Otro rasgo va á acentuar la pintura.
Cuando estuvo por primera vez en el Perú predicando su cruzada de independencia antillana, escribía diariamente en los periódicos para irse ganando al mismo tiempo la vida.