Este deber se genera del de confraternidad. Como él, abarca al hombre de todos los grupos, y se sale de la familia, del vecindario, de la región, de la nación, para buscarlo en la Humanidad, no preguntándole “¿de dónde eres?”, sino “¿de qué has menester?”. Confunde el hermano con el desconocido, el amigo con el enemigo, el próximo con el lejano, el de la propia con el de la extraña raza, el domiciliado con el errabundo, el recién llegado con el recién nacido, razas, personalidades, procedencias, comarcas, vicios, ignorancias, indigencias, lacerias de cuerpo y alma, y, anónimamente, de incógnito, en tal secreto que es imposible revelarlo, porque los bienhechores son innumerables, y da asilo, abrigo, alimento, educación, guías[[6]], flores[[7]], solaces[[8]], consejos, estímulos, ejemplos, cuna, tálamo, ataúd[[9]].

[6]. En Nueva York hay una asociación que tiene por objeto la corrección y dirección moral de los criminales. En las tardes de los domingos se presentan, en los lugares que sirven de ciudadela á esos desgraciados, algunas señoras (que son las generalmente encargadas de ese ejercicio de la beneficencia), que penetran en los antros obscuros y á veces tenebrosos de los criminales y sus familias, á quienes reúnen, exhortan, distraen, divierten y socorren, no siempre sin peligro, pues que á veces salen silbadas y perseguidas.

[7]. Otra asociación benéfica tiene en los Estados Unidos la delicadísima, enternecedora y realmente civilizadora institución de llevar en primavera flores y plantas á los enfermos pobres, á los asilos, hospitales, escuelas y albergues miserables.

[8]. Hay siempre en los Estados Unidos otra institución de beneficencia que tiene por fin el procurar higiénicos solaces á los niños pobres, llevándolos gratis á excursiones terrestres, fluviales ó marítimas, cuyo alcance moral se percibirá algún día.

[9]. Hay casas de beneficencia para cada uno de los tres momentos capitales de la vida.

Esa caridad, perfectamente anónima, beneficencia de todos y de ninguno, acto social, disciplina social, deber social, es la forma plástica de la confraternidad humana. Como la confraternidad reconoce hermanos en el trabajo á todos los hombres, así la beneficencia reparte los frutos del trabajo colectivo entre los hombres.

Hablar de confraternidad y no practicarla, es no sentirla ó malsentirla, y de ningún modo reconocerla como un deber. Para que en realidad sea un deber ha de completarla la beneficencia. El un deber completa al otro.

CAPÍTULO XXIII
DEBERES COMPLEMENTARIOS.—CONTINUACIÓN

(Continuación.)

En la relación de gratitud funcionan como inmediatos derivados suyos los deberes de obediencia á las autoridades del hogar, de sumisión á los mandamientos municipales, de adhesión á los decretos del gobierno regional, de acatamiento á la ley de la nación, de filantropía ó amor activo y reflexivo al ser humano, nuestro congénere, nuestro colaborador universal, nuestro compañero de medios y fines en la vida. Ninguno de esos deberes es completo si no actúa con él, como operando para fines particulares dentro del general de la función, un deber complementario de ella. Ni la obediencia es fructuosa cuando no la secunda la veneración; ni la sumisión á la autoridad municipal puede, sin la benedicencia, que es el lazo de paz y de concordia, dar el orden por fruto y resultado; ni la adhesión de las provincias á su autonomía salvadora de derechos, tiene fuerza bastante de adherencia cuando no es íntima, continua y concienzuda la reverencia al gobierno regional; ni el acatamiento á la ley nacional es suficiente sin la resignación de los nacionales á las contrariedades, pérdidas ó peligros que pueda ocasionarles la conversión de la voluntad plural en ley; ni la filantropía es nada sin la benevolencia, por más que, juntos el deber generador y el generado, den por fruto la fuerza de atracción humana.