¡Oh mujeres! ¡Cómo he desvanecido los temores de mi padre, engañándolo para conseguir lo que anhelo! Él desea que yo me aleje, y privar a Tebas de su bien y prostituirme en aras de su cobardía. Pero es preciso perdonarlo, porque es anciano; yo sí que no merezco perdón si soy traidor a la patria que me engendró. Sabed, pues, que iré y salvaré a la ciudad, y al morir exhalaré por ella el alma. Vergonzoso sería, ¿por qué no?, que aquellos a quienes no aluden los oráculos ni obliga la fuerza divina del destino, embrazaran los escudos y no vacilaran en morir peleando por su patria delante de las torres, y que yo fuese traidor a mi padre y a mi hermano y a mi ciudad, y me alejara de aquí como un cobarde. ¡En dondequiera que viva seré siempre un villano! No, por Zeus, que mora entre los astros, y por el sanguinario Ares, que dio el cetro de esta región a los Espartos, nacidos de la tierra. Yo iré adonde mi deber me llama, y desde las altas almenas de las murallas me mataré, y arrojándome a la oscura gruta del dragón, como ha ordenado el adivino, salvaré a Tebas. Tal es mí propósito. Voy, pues, a cumplirlo, y con mi muerte haré a mis conciudadanos no despreciable beneficio. Yo libraré de mal a esta región. Si todos a medida de sus fuerzas hiciesen con perseverancia todo el bien que pueden en aras de su país, menores males sufrirían las ciudades, y serían después felices.

EL CORO

Estrofa. — Viniste, viniste, ¡oh alabada e híbrida virgen, hija de la Tierra y de la infernal Equidna,[216] azote de los hijos de Cadmo, fuente de lágrimas para muchos y de daño para otros, monstruo cruel de alas formidables y desgarradoras uñas, y desde la fuente Dircea te llevabas a los niños con tristes lamentos y pernicioso estrago, y a Tebas, sí, a Tebas causabas terribles dolores! Sanguinario fue el dios que tales cosas hizo. El llanto de las madres, el llanto de las vírgenes resonaba en las casas, lúgubre voz, lúgubre voz, y triste, triste lamento; todos gemían en la ciudad. Sollozos y clamores semejantes al trueno oíanse por doquier siempre que la virgen alada arrebataba a alguno de la ciudad.

Antístrofa. — Al fin vino por orden de Apolo a esta tierra tebana el mísero Edipo, primero causa de alegría y después de dolor. Con su madre celebró himeneo infausto, vencedor de la virgen de los enigmas; profanó la ciudad y la llenó de sangre, arrastrando con sus maldiciones a execrable lucha a sus propios hijos. Admiremos, admiremos al que caminó a la muerte por salvar a su patria, dejando a Creonte anegado en lágrimas, pero dando también preclara victoria a esta ciudad de las siete torres. ¡Ojalá que nosotras seamos madres, ojalá que lo seamos de hijos tan ilustres, ¡oh Palas amada!, que con piedras mataste al dragón, alentando a Cadmo a dar cima a esta empresa, desde cuyo tiempo daños infernales han azotado a estos campos!

EL MENSAJERO

¡Hola! ¿Quién está a la puerta del palacio? Abrid, que salga Yocasta. ¡Hola otra vez! Tarde, en verdad, pero al fin saliste, ínclita esposa de Edipo: óyeme, y cesen tus llantos y tu dolor.

YOCASTA

¿Vienes acaso, ¡oh tú el muy amado!, a anunciar alguna desgracia? ¿Ha muerto Eteocles, junto a cuyo escudo siempre te hallas para librarlo de los dardos enemigos? ¿Qué nueva vienes a anunciarme? ¿Vive mi hijo, o ha muerto? Dímelo.

EL MENSAJERO

Vive; nada temas; no te inquietes por eso.