Ya que tú cobras aliento y no cedes, sino que me respondes de tal modo que me afliges y me incitas a perseverar en tu muerte, coronaré el propósito laudable que aquí me trajo de honrar el sepulcro de mi hija. Yo me presentaré a la asamblea de los argivos cuando se reúna, y excitaré a los ciudadanos, ya inclinados a hacerlo, contra ti y tu hermana, para que sufráis la pena de ser apedreados, pues ella merece morir más bien que tú, porque te alentó contra tu madre, animándote siempre con sus palabras y contándote los sueños en que se le aparecía Agamenón, y hablándote del adúltero Egisto: ojalá que siga siendo odiosa a los dioses infernales, ya que aun en la tierra la aborrecían, llegando a incendiar el palacio con fuego, que no era de Vulcano. Dígote, ¡oh Menelao!, y yo mismo lo haré, que no los defiendas de la muerte contra los dioses si en algo estimas mi amistad y mi parentesco, sino que dejes a los ciudadanos que los maten a pedradas, o de lo contrario, que no entres en territorio espartano. No olvides mis palabras, y no prefieras amigos impíos rechazando los piadosos. Vosotros, servidores, llevadme de este palacio. (Vase).
ORESTES
Vete, para que libre prosiga mi discurso y persuada a Menelao sin el temor que me inspiran tus años. ¿Por qué discurres así, paseándote a uno y otro lado, y en lucha con dos opuestos sentimientos?
MENELAO
Déjame; por más que reflexiono, no sé qué hacer.
ORESTES
No te decidas ni deliberes sin oírme antes.
MENELAO
Habla, que has dicho bien. Hay ocasiones en que el silencio debe ceder su puesto a las palabras, y otras en que las palabras han de cederlo al silencio.
ORESTES[272]