¡Yo muero, ¡oh Menelao!, y tú no me socorres!
ELECTRA (hablando a los de dentro).
Asesinad, matad, herid; que vuestras manos esgriman las espadas cortadoras de dos filos contra la que abandonó a sus padres y a su esposo y causó la muerte de muchos griegos, que perecieron en la guerra a las orillas del río Escamandro, desde donde las saetas de punta acerada hicieron derramar tantas lágrimas.
PRIMER SEMICORO (acercándose a Electra).
Callad, callad: oigo cierto ruido, como si alguno viniera corriendo a la senda próxima al palacio.
ELECTRA (alejándose un poco y mirando con atención).
Hermíone, ¡oh mujeres muy queridas!, llega ahora, en el momento más crítico; cesen vuestros clamores, que viene a caer en las redes. Presa egregia será si se enreda en ellas. Estaos, pues, otra vez quietas, y que vuestros rostros no den a entender lo que ha sucedido (Reúnense los semicoros), que mis ojos aparecerán mustios, como si no supiera nada. (Detiénese un momento, y habla con Hermíone). ¿Llegaste al fin, ¡oh virgen!, después de coronar el sepulcro de Clitemnestra y de ofrecer las libaciones a los dioses infernales?
HERMÍONE
Vengo después de ofrecer las libaciones, pero tengo miedo, porque allá a lo lejos creo haber oído cierto grito en este palacio.
ELECTRA