¿Por qué no vienes, ¡oh Hécuba!, a sepultar a tu hija, según me anunció Taltibio, encargándome de tu parte que no la tocase ningún argivo? Así lo hemos hecho, y no la hemos tocado; pero tú tardas hasta el punto de excitar mi sorpresa; vengo por ti: todo se ha hecho bien allá, si es que puede hacerse bien. ¿Pero quien es el troyano que veo muerto en esta tienda? Los vestidos que lo envuelven me indican que no es ninguno de los griegos.

HÉCUBA (aparte).

¡Infeliz Hécuba, pues hablo conmigo misma hablando contigo! ¿Qué haré? ¿Abrazaré las rodillas de Agamenón, o sufriré mis males en silencio?

AGAMENÓN

¿Por qué lloras volviendo el rostro, y no me dices la causa de tu llanto, ni quién es este?

HÉCUBA (aparte).

Pero si me rechaza de sus rodillas, tratándome como a esclava y enemiga, será mayor mi pena.

AGAMENÓN

No soy adivino para conocer lo que piensas, si no me lo dices.

HÉCUBA (aparte).