Estrofa 1.ª — ¡Oh Troya, mi patria! ¡Ya no te llamarán la inexpugnable! Te cercó una nube de griegos, y con la lanza, sí, con lanza te arruinaron. Derribaron la corona de tus torres, y la triste mancha del humo desfigura tu desventurado rostro; jamás te volveré a visitar.

Antístrofa 1.ª — Consumose a media noche mi desastre, cuando el blando sueño que sigue a la cena cierra suavemente los ojos; mi esposo yacía en el lecho, descansando de sus cánticos y alegres fiestas, colgada su lanza, y sin ver la muchedumbre de enemigos que desde las naves acometía a la ilíaca Troya.

Estrofa 2.ª — Y yo sujetaba mis cabellos con cintas,[69] y miraba los varios resplandores de los dorados espejos antes de subir al tálamo. Un ruido se oyó entonces, y una voz que resonaba en toda Troya, y decía de esta manera: «¿Cuándo, ¡oh hijos de los griegos!, cuándo volveréis a vuestra patria después de arruinar la ciudadela troyana?».

Antístrofa 2.ª — Y yo dejé el dulce lecho, sencillamente vestida[70] como una doncella dórica,[71] y nada conseguí, intentando en vano que me fuese propicia Artemisa, y me arrastran, matando a mi esposo, al mar salado. Y miré desde lejos la plaza cuando las naves se alejaron, y me separé de mi patria, ¡ay de mí!, exhalando de dolor el alma.

Epodo. — Y maldije a Helena, hermana de los Dioscuros, y al pastor del Ida, al funesto Paris, porque me arrancaron de mi país natal, y abandoné mi hogar, no a causa de himeneo legítimo, sino por obra de numen maléfico. Que el marino piélago no la lleve en su seno, y que nunca vuelva a su patria. (Antes de concluir el coro aparece Poliméstor con sus hijos y séquito, y las esclavas corren a la tienda a llamar a Hécuba).

POLIMÉSTOR

¡Oh Príamo, el más querido de los hombres, y tú, Hécuba, mujer la más amada! Lloro al verte, a tu ciudad y a esa hija tuya, muerta hace poco; ni es duradera la gloria, ni feliz después el que lo es ahora; complácense los dioses en desconcertar a los hombres, ignorantes de lo futuro, para que los reverencien. Pero ¿a qué llorar si no he de aliviar tus males? No te quejes, sin embargo, de mi ausencia, que cuando llegaste aquí me hallaba en los últimos confines de la Tracia. A mi vuelta, y al tiempo de salir de mi palacio, me encontró esta esclava tuya y me habló de tu parte, y por esta causa me ves aquí.

HÉCUBA (cubriéndose el rostro).[72]

Me avergüenzo, ¡oh Poliméstor!, de mirarte frente a frente, siendo tantas mis desdichas. Tú me conociste feliz, y tu recuerdo, cuando lo comparo con mi infortunio presente, me hace bajar los ojos. No lo atribuyas a malevolencia, ¡oh Poliméstor!; otra es la causa, y las mujeres no deben mirar a los hombres con descaro.

POLIMÉSTOR