La más grave dificultad con que tropieza el historiador o el crítico al censurar las obras de Eurípides, proviene de la imposibilidad en que uno y otro se hallan de trasladarse mentalmente a la época en que se escribieron, desprendiéndose de las ideas de la presente. Añádase a esta la no menor que ofrece el examen de las opiniones de los distintos escritores que se han propuesto juzgarlas, sus apasionados apologistas los unos, ya por falta de gusto y de instrucción suficiente, ya por exagerado amor nacional, y sus acerbos censores los otros, movidos de ordinario por causas análogas a las indicadas, por su oposición a los primeros, o acaso por su deseo de llevar la verdad al ánimo del público en medio de tan encontrados extremos. Así es que Aristófanes, Aristóteles, Quintiliano y otros autores de la antigüedad, y las escuelas literarias modernas de Francia y Alemania, han emitido de ordinario diversos y opuestos juicios, elevándolo estas últimas hasta la cúspide de la perfección, y presentándolo como perpetuo e inimitable modelo, o ensañándose en él sin piedad, deteniéndose en sus faltas con placer, y atacando realmente a sus imitadores y a la nación a que pertenecen con el achaque de criticar al maestro. Nosotros, igualmente alejados de esos campos de enconadas pasiones; en una época literaria más tranquila; amantes de la verdad; sin antipatías ni simpatías por esta ni aquella nación, ni por una ni otra escuela, y con la calma y la tranquilidad necesarias para pesar con ánimo imparcial los móviles que guiaron a los mantenedores de esos pareceres contrarios, nos esforzaremos en exponer el nuestro, humilde, sin duda, y poco autorizado, pero hijo de la convicción más profunda, fruto de algunos estudios y reflexiones, y resultado de tareas tan oscuras como prolijas y molestas. Ya es tiempo también de que España tome parte en esas luchas de la erudición y del ingenio con la gravedad y el juicio que le son propios, sin exageración ni petulancia, y sin olvidar que la Historia es de ordinario la madrastra, no la madre de la verdad; la Crítica, hija de la pasión, de la debilidad o de la envidia, y máscara la Erudición de la ignorancia, de la vanidad o de la ligereza.

Con tal propósito, y para formar idea exacta del mérito dramático de Eurípides, echaremos antes una ojeada rápida sobre el estado de su patria; apreciaremos la situación del teatro griego en su tiempo, y, por último, descenderemos a dar algunas noticias de su vida, que acaso nos expliquen después satisfactoriamente no pocos pasajes de sus tragedias.

Eurípides, en efecto, alcanzó los días venturosos en que su patria llegó al apogeo de su grandeza, y pudo aspirar el aire que daba la vida a Pericles y Aspasia, a Sócrates y Anaxágoras, a Sófocles, Aristófanes, Lisias, Tucídides y Heródoto, a Metón e Hipócrates, a Ictino y Calícrates, a Fidias, Zeuxis, Polignoto y Parrasio. Atenas era el estado más poderoso de la Grecia por su disciplina militar y su marina;[1] metrópoli de numerosas colonias; cabeza de una liga helénica, cuyo tesoro manejaba y cuyos litigios resolvía; más humanitaria y simpática que su rival Esparta; floreciente por su ciencia, por su filosofía, por su comercio, por sus letras y sus artes; cuna y teatro de grandes oradores; civilizada hasta un extremo que hoy nos parece fabuloso; madre natural o adoptiva de los hombres eminentes en todos los ramos del saber; y por sus fiestas solemnes, por su culto a la belleza bajo todas las formas, por sus gloriosas tradiciones, por la ilustración y buen gusto de sus habitantes,[2] la ciudad mirada por toda la Grecia con envidia o con entusiasmo. Y, sin embargo, si este bosquejo que acabamos de trazar nos parece verdadero, no lo es menos que en él se observan ciertas sombras que habían de extenderse poco a poco, hasta envolverlo todo en tinieblas. Su religión politeísta, riquísima vena explotada por los poetas, adolecía, considerada filosófica y moralmente, de dos graves defectos, que con el tiempo habían de producir amargos frutos. A medida que se fuese propagando y perfeccionando la ciencia, había de llegar la época en que fuese menester atacar en su base a la religión, puesto que los hombres pensadores, remontándose de los efectos a las causas, solo por la luz natural, y sin el auxilio de la revelación, debían reconocer una sola, así en el mundo espiritual como en el físico, y contribuir al descrédito o abolición del politeísmo. He aquí lo que sucedió a Anaxágoras de Clazomene, maestro de Eurípides, y más tarde a Sócrates y Platón. Considerada moralmente, era también imposible que dejase de influir en las costumbres una religión cuyos dioses participaban de todas las flaquezas humanas y eran reos de los mayores crímenes. Por otra parte, las escuelas filosóficas, que en último término hubieron de fundarse, no se detuvieron en su carrera después de arruinar lo existente, como no podía menos de acontecer en un pueblo tan vivo y apasionado, y tan propenso a la exageración. En las letras como en la filosofía, cuando se alcanza cierta altura, marcada por la Providencia en sus impenetrables designios, la fragilidad humana cae y se precipita como un torrente desde ella. Parece que se apodera el cansancio de los hombres y que el amor a la novedad gana todos los corazones, no contentos ya, como antes, con lo que es solo verdadero, natural y sencillo. Brotan entonces, como por encanto, genios audaces llenos de orgullo o de vanidad que, sin acertada elección en los medios, tienden, como a su principal objeto, a conseguir aplausos, y no se paran en las consecuencias fatales que puede producir su conducta; y como los abusos humanos, a semejanza de los astros del cielo, recorren en giro fatal el estadio señalado; después de los sublimes principios de Anaxágoras, admitiendo la existencia de un Espíritu Supremo, árbitro del mundo, vienen los sofistas, que todo lo niegan y discuten, que baten en brecha las nociones capitales de la filosofía, de la religión, del gobierno y de la moral pública, y que siembran por todas partes el escepticismo, la desconfianza y la muerte. Además, la organización social de la Grecia, dividida en tantos Estados y ciudades independientes, regidas por distintas formas de gobierno, contribuyó también no poco a su propia decadencia, puesto que era punto menos que imposible fundar entre ellas lazos armónicos de tal naturaleza que, sin faltar a la unidad, las dejara moverse en un círculo desahogado. Alguna había de descollar más que las otras; y si en los momentos de común y gravísimo peligro pudo el miedo reunir todos los brazos y hacer palpitar a un tiempo todos los corazones, una vez pasados, o intentaría la más poderosa ejercer una supremacía tiránica, o había de estrellarse contra alguna rival más fuerte o más afortunada. Así comprendemos fácilmente las guerras de Atenas y de Esparta, que terminaron en la ruina de toda la Grecia.

Por otra parte, el Gobierno democrático de la primera de estas ciudades, por su veleidad e inconstancia, por la ingratitud con que pagó en ocasiones a sus hombres más eminentes y necesarios, presa de osados demagogos, que hacían girar al pueblo en todos sentidos, lisonjeando solo sus pasiones o sus caprichos, sin cuidarse de la prosperidad de la patria,[3] y exclusivista, sin embargo, hasta el extremo de conceder el ejercicio de los derechos de ciudadanía a una parte mínima de su población, no ofreció nunca las condiciones de estabilidad que logró después Roma haciendo lo contrario.[4] Aunque los historiadores que han discurrido sobre los sucesos a que nos referimos se complazcan en enumerar las distintas causas que contribuyeron, en su juicio, a la caída de Atenas, no se detienen, sin embargo, en una de las más importantes en el nuestro; a saber: en la falta de unidad de miras que en el gobierno de esta república se observa durante la guerra del Peloponeso, ya nombrando y destituyendo continuamente nuevos generales, ya dirigiendo hoy los esfuerzos de todos en un sentido, para emplearlos mañana en el opuesto. ¿Cómo, si no, se explican sus derrotas por mar y por tierra, cuando en realidad era más poderosa que Esparta, más simpática y humanitaria, el emporio de la civilización, del comercio, de las artes y las letras helénicas, y sus recursos al empezar la guerra muy superiores a los de su rival? Y si tan espantoso era el desorden que se había introducido en la inteligencia y en el gobierno, ¿qué podremos decir también sobre las costumbres áticas, cuando los cuadros que de ellas nos ofrecen las comedias de Aristófanes con su escandalosa licencia, solo pueden compararse con los no menos picantes y licenciosos que hallamos de Roma en las sátiras de Juvenal? Si la gestión de los negocios de la república exigía la constante asistencia de los hombres a la ágora, era natural que cuidasen mientras tanto de la fidelidad de sus esposas, condenándolas al encierro de los gineceos, y que la sociedad en general se resintiese de esta ausencia del bello sexo y del saludable influjo que suele ejercer en el decoro de todos. La esclavitud, admitida en Atenas como en todos los demás Estados de la Grecia, y causa innegable de corrupción, primero en el seno de las familias y después en más vasta esfera, no dejó también de contribuir a la perversión de las costumbres; y como, por otra parte, afluían a Atenas por su importante comercio multitud de extranjeros, quienes, al mismo tiempo que importaban nuevas riquezas, traían consigo sus vicios, patrocinados a veces por los mismos dioses, encontrando no pocos incentivos en las fiestas religiosas, en el culto de Afrodita y de Dioniso, y hasta en su singular afición a la belleza, bajo todas las formas y en los dos sexos, no se extrañará que en los tiempos en que vivió Eurípides no fuese la moral pública modelo perfecto de compostura y de decencia.

Con estas breves indicaciones acerca del estado de Atenas en la época en que vivió el último de sus grandes trágicos, es fácil comprender la degeneración de la tragedia griega. El gusto del público no era ya el mismo, ni los poetas dramáticos podían lisonjearse de rivalizar con las obras maestras de Sófocles, modelos acabados de grandeza y sencilla sublimidad, severas y profundas en sus argumentos, religiosas siempre y morales en su fondo, sin ostentación ni aparato, monumentos eternos del más puro aticismo y del genio poético más completo que en este género encontramos en la antigüedad. Ni el destino, ni los dioses, ni los héroes significaban ya lo que antes. Las tradiciones heroicas se habían agotado en parte, y era menester alterarlas para que se acomodasen al gusto del público; ya no existían esos grandes caracteres que se retrataban en las obras dramáticas, ni se comprendían tampoco por el vulgo; se iba perdiendo poco a poco la idea moral, inherente al coro, y solo se le miraba como un accesorio agradable; y al mismo tiempo que se concedía al poeta mayor libertad para hablar de lo divino y lo humano, se le prescribían formas más mecánicas y constantes, y se le exigía que conmoviese más a los espectadores, en detrimento del buen gusto y de la tradición dramática. Con semejantes estímulos podía temerse, con razón, que apareciese un poeta más dado a ganar aplausos que gloria verdadera; más propenso a conciliarse las buenas gracias de los espectadores que a mirar por el prestigio y la grandeza del arte. Por desgracia, en esas ocasiones solemnes se encuentran pocos hombres que, desentendiéndose de las voces de su vanidad personal, tengan la entereza y el ánimo necesarios para contrarrestar la opinión, no para adularla; y ya que los impulsen causas exteriores más fuertes que la débil voluntad humana, ya que el heroísmo y la abnegación sean dotes raras y excepcionales, la Historia nos enseña que pocas veces o ninguna se ha contenido la humanidad cuando ha comenzado a recorrer este resbaladizo sendero. Al mismo tiempo penetraban en todas partes los adelantos de la filosofía, y con mayor motivo en el teatro. Ya los dioses no eran seres sobrenaturales, terribles por su poder y por su inmensa superioridad sobre los hombres, ni sus bienhechores y maestros. El libre examen analizaba su naturaleza, pesaba el valor moral de sus acciones, y aunque todavía no le era dado aniquilarlos, por ignorar lo que había de sustituirlos, los hacía descender gozoso del Olimpo a la tierra, les echaba en cara sus faltas, presumía que en sus atributos y en las tradiciones poéticas admitidas hasta entonces había mucho que era obra exclusiva de los hombres, sin existencia en la realidad; y como no era posible desterrarlos por completo de la tragedia, por la índole especial de esta clase de composiciones, parecía que se vengaba desacreditándolos. Zeus, con sus interminables aventuras amorosas; el sensible Apolo, Dioniso, las vanas diosas del cielo, se mostraban ya en ella a los mortales sin disfraz alguno que las encubriera. El destino había perdido también su poder sobre los habitantes del Olimpo, y estos aparecían muchas veces como juguetes de la Fortuna, diosa llena de veleidad y de caprichos, no misteriosa, justa e inexorable como el Hado. Débiles unas veces, crueles e injustos otras, ingratos las más, son soberanos sin cetro y sin corona a quienes cobija miserable solio. Las tradiciones heroicas comienzan a parecer fábulas; los héroes, hombres como los demás, y aun inferiores algunos a los de aquella época; se desvanece poco a poco la brillante aureola que los adorna, y desde el momento en que se miran como fábulas las tradiciones más venerandas, no se rehúsa al poeta la facultad de alterarlas a su arbitrio, o la de componer otras, contrarias en todo a las admitidas. Así descendía la tragedia de su altura ideal, y de la misma manera que los demagogos en la ágora conseguían honores y aplausos adulando a la multitud, el poeta seguía también sus huellas en el teatro, y no perdía ocasión de enaltecer a su patria, con razón o sin ella, y por tanto al pueblo que la gobernaba; hablábales también de libertad y de filosofía; ridiculizaba a los dioses; se burlaba del bello sexo; representaba en el teatro las disputas y litigios de los ciudadanos; pronunciaba largos discursos como si se hallara en la tribuna de los oradores, y confundiendo muchas veces lo trágico y lo cómico, hacía presentir que no tardaría en colmarse el profundo abismo que los había separado hasta entonces. Hácense más rebuscados los pensamientos; apura el poeta los recursos de su ingenio para conmover profundamente a su auditorio, más gastado ya y menos sensible que en épocas anteriores, y prefiere las situaciones dramáticas de efecto. Ya no se atiende principalmente a inspirar al pueblo nobles y patrióticos sentimientos, ni a hacerlo comprender con una fábula adecuada la inmensa distancia que separa al cielo de la tierra, ni a purificar su corazón con grandes y vivos ejemplos, ni a tirar por tierra el miserable orgullo humano, extendiendo sobre sus insensatas aspiraciones la mano de hierro del destino, que todo lo nivela y destruye. La mansión sombría de esta deidad temida se ve ya alumbrada por la razón, y la casualidad hace las veces del Hado o de la Providencia. Si antes se contenían todos en límites prudentes y se guardaba respeto y veneración a ciertas formas, consagradas desde tiempos anteriores, ya el poeta no se cree obligado a atenderlas, las desecha con desdén cuando le estorban, y convierte al teatro en cátedra de crítica filosófica y literaria.

No bastan, sin embargo, estas consideraciones para fundar nuestro juicio sobre las tragedias de Eurípides, si no conocemos también algunas otras circunstancias de su vida. Nuestro malogrado Balmes pensaba, con razón, que ellas nos explican a veces las obras de un escritor satisfactoriamente, y con ese fin expondremos las noticias biográficas que, desde época tan remota, se han conservado hasta nosotros.

Eurípides, hijo de Mnesarco y de Clito, nació en Salamina, adonde sus padres se habían refugiado huyendo de la invasión de Jerjes, en el primer año de la olimpiada 75[5] (480 antes de Jesucristo), y en el mismo día en que ganaron los atenienses esta célebre batalla. La condición social de su familia no fue muy distinguida en Atenas. Se cree que era oriundo de la Beocia, y que su madre fue verdulera, como dice Aristófanes en las Tesmoforiantes[6] y en otros pasajes de sus comedias. La consideración y las riquezas de que disfrutaban los artistas en Atenas le hicieron consagrarse en su juventud a la Pintura, y más tarde a la filosofía y a la elocuencia, siendo su maestro en la primera Anaxágoras de Clazomene,[7] y Pródico en la segunda. Añádese que fue amigo de Sócrates, y hasta algunos escritores han llegado a afirmar que le ayudó en la composición de sus tragedias.[8] Sus triunfos escénicos no impidieron, sin embargo, que en el hogar doméstico no encontrase la felicidad que buscaba, porque se casó dos veces y ninguna de sus dos mujeres fue modelo de castidad conyugal. Sufrió innumerables disgustos de los cómicos atenienses, que se ensañaron en él de la manera procaz y licenciosa que entonces se usaba, sin disfraz alguno, llamándole por su nombre, y atacando los defectos de sus tragedias. Sin duda huyendo de ellos se retiró dos años antes de su muerte a la corte de Arquelao, rey de Macedonia, su amigo y protector, muriendo al fin en el año 3.º de la olimpiada 93 (406 antes de Jesucristo), a los setenta y cuatro de edad, y, al parecer, pocos meses antes que Sófocles. Aquel monarca generoso le consagró un sepulcro magnífico,[9] oponiéndose a los deseos de los atenienses, que le enviaron una embajada para transportar al Ática sus restos mortales. Durante su vida llegó Atenas al apogeo de su grandeza para caer en seguida; diéronse batallas memorables, vivieron y murieron hombres inmortales, y las ciencias, las artes y las letras despidieron un resplandor tan vivo que sus destellos llegan hasta nosotros y todavía nos iluminan.

Entre los antiguos se han emitido distintas opiniones acerca de su mérito literario. Sócrates asistía siempre a la representación de sus tragedias, no sabemos si por su amistad con el autor, o por admirar su mérito.[10] Aristóteles, aunque con ciertas restricciones, le llama el trágico por antonomasia,[11] y Menandro y Filemón lo preferían a Esquilo y a Sófocles.[12] En cambio Aristófanes lo ridiculiza cruelmente en sus comedias, con especialidad en Las Ranas. Longinos le niega la sublimidad,[13] para Dionisio de Halicarnaso es muy inferior a Sófocles,[14] y el escoliasta de sus tragedias las critica a veces con severidad, siendo de notar que estos escolios contienen, según afirma una autoridad respetable,[15] los juicios de los críticos alejandrinos. Quinto Cicerón[16] y nuestro compatriota Quintiliano las admiraron grandemente,[17] si bien este último lo hace con ciertas limitaciones, que a veces no se han tenido en cuenta. En nuestros tiempos los escritores franceses lo celebran de ordinario, al paso que los alemanes no son parcos en exponer sus defectos, distinguiéndose entre todos Jacob[18] y A. G. Schlegel.[19]

No puede negarse que son graves algunos de los que le atribuyen, sobre todo cuando se compara con Sófocles y Esquilo. La idea del destino, que domina en sus obras, no tiene ya la grandeza que se observa en las del primero ni segundo. En las tragedias de estos es un ser superior a todo lo divino y lo humano, que cuida del orden moral en el cielo y en la tierra, y cuando amenaza trastornarse, y sus fuerzas chocan entre sí y están a punto de destruirse, restablece con sus decretos el equilibrio, y restituye al mundo moral su calma y su armonía. En las obras de Esquilo, y desde sus primeros versos, se nota que ese dios misterioso es el protagonista de la acción; que todo lo llena con su poderoso influjo, y que el hombre y los dioses, el espíritu y la materia, son en sus manos dóciles instrumentos. En las de Sófocles no aparece en primer término con ese aspecto sombrío que se advierte en las de Esquilo; pero a poco que se busque se halla en todas partes: por él se explican todas las principales peripecias, los caracteres de los personajes lo anuncian, y la catástrofe es siempre su obra. En Eurípides, al contrario, solo se muestra mientras el poeta no halla medio de hacerlo desaparecer; los dioses no se cuidan de obedecerlo; su influjo no se hace sentir siempre, y como hemos dicho ya, en ocasiones ni aun poder divino se le atribuye, mirándolo tan solo como la simple y vana casualidad. Los personajes de Esquilo son sublimes y muy superiores a los hombres; ideales los de Sófocles, o como debieran ser, y reales los de Eurípides. Los dos primeros respetan el carácter tradicional de los héroes, sin hacerlos perfectos, porque entonces no habría verdadero argumento, pero sin rebajarlos ni escarnecerlos. Eurípides, al contrario, cuando no nos ofrece a Heracles como a un héroe brutal y glotón; a Orestes y su hermana Electra como a dos insignes y despreciables criminales; a Menelao como a un esposo débil y cobarde, nos presenta a Dioniso engañando alevemente a Penteo para que lo despedacen las bacantes; a Apolo como a un seductor vulgar, y al mismo Zeus, soberano del Olimpo, como a un dios injusto unas veces, y de escaso poder otras. Parece que protesta contra esas creencias sencillas y saludables que se conservan en el pueblo; que las ridiculiza con gusto, y que lo invita a dudar de todo, cuando tan poco respeto le merecen tradiciones consagradas por los años. Solo tiende a producir efecto, aunque sea momentáneo, al paso que sus dos predecesores dejan una impresión perpetua, que crece y se desenvuelve con más vigor después de sentida. No los preocupa tanto la pasión como a Eurípides, ni interviene en sus cuadros sino como uno de los elementos que dan realce a los demás, no como el principal y el que descuella en primer término. Cuando hablan sus personajes, no pronuncian sentencias dogmáticas en estilo pretencioso; ni juran con la lengua, no con el pensamiento; ni excitan a disfrutar de los placeres de los sentidos; ni ponderan el valor de las riquezas; ni se quejan con desprecio de los dioses; ni siempre están dando clamores, llenos de harapos, hambrientos y sedientos, deplorando sus años y el trabajo que les cuesta andar. Si el coro es en Esquilo y en Sófocles el intérprete de los sentimientos morales del pueblo, siempre presente, que en las luchas y conflictos de los personajes entre sí los contiene y refrena, y simboliza los ejes del mundo moral, que no pueden desaparecer, siempre interesados en la acción y necesarios para su cumplimiento, en Eurípides se convierte en simple adorno, que filosofa, discute, canta o poetiza, como mejor le place, sin acordarse muchas veces de los últimos sucesos, y solo da tiempo para que salgan o entren los personajes principales. Ni Esquilo ni Sófocles predican en la escena las ventajas de la moralidad, y sin embargo, no son inmorales en último término, al paso que Eurípides siempre tiene en los labios la palabra sabiduría, y el efecto de sus tragedias no es muchas voces ni sabio ni moral. Es también probable que ni Sófocles ni Esquilo fuesen desdichados en su matrimonio, puesto que ni el uno ni el otro se vengan, como Eurípides, en todas las mujeres de las infidelidades de las suyas.[20] Como Esquilo y Sófocles no alteran las fábulas tradicionales que andan en los labios del pueblo, solo evocan recuerdos, y no necesitan de largos y pesados prólogos, llenos de noticias genealógicas, en oposición con las tradiciones admitidas. El estilo del primero de estos poetas es vigoroso y enérgico como su alma, ampuloso a veces, pero gráfico siempre y descriptivo; lleno de felices y pintorescas expresiones; exuberante en imágenes atrevidas; torrente, en fin, de inagotable poesía, que llena la imaginación y asombra al alma. El del segundo, natural, bello y elegante, siempre sobrio y contenido, fácil y fluido, lleno de encanto y de armonía, castizo y puro sin afectación, reflejo evidente de su gusto y buen juicio literario. El de Eurípides, en fin, es desigual y afeminado a veces; abunda en pensamientos y expresiones rebuscadas; no observa siempre las leyes de la versificación; no se sostiene en el mismo tono largo tiempo, y raya a veces en familiar y cómico. Como ninguno de los dos primeros tiene pretensiones de orador, no defienden causas en la escena, ni se ven obligados a dividir sus oraciones en diversas partes, ni a emplear exordios ni pruebas ordenadas como Eurípides, que no pierde ocasión de hacerlo. El teatro es para ellos un templo venerable en donde el pueblo cree y aprende, no cátedra de filosofía ni escuela de relajación. En una palabra, y usando una frase repetida muchas veces, pero que pinta el genio de estos tres poetas: Esquilo representa el nacimiento de la tragedia, pero el nacimiento de un gigante; Sófocles su más acabada perfección, y Eurípides su decadencia.

Sin embargo, discurriendo sin pasión, debemos decir que Eurípides poseía grandes cualidades, como ingenio e inventiva inagotables y fácil y amena poesía, y que sus tragedias se distinguen, ya por lo patético, ya por sus felicísimos rasgos, ya, en fin, porque su autor es el que más se acerca a nosotros y más se ajusta a nuestras ideas. Su diálogo es animado y vivo; bellísimas sus descripciones; sentencioso y profundo a veces; gran poeta en sus coros; variado y nuevo en sus fábulas, y hábil en la elección de las situaciones dramáticas de sus personajes. Era griego al fin, y contemporáneo de muchos de los hombres más eminentes de su patria en la política, en la filosofía, en las letras y en las artes. Ninguno como él ha representado pasiones vehementes, de esas que rayan en la locura; ninguno conmueve a sus lectores con tanta fuerza; ninguno, en fin, ha sondeado como él el corazón humano, ofreciéndolo sin disfraz a la expectación de las gentes. Hasta en sus defectos es admirable, y así se explica la estimación que le dispensaron sus contemporáneos y la fama que logró en toda la Grecia, lo cual ni allí ni en parte alguna suele adquirirse sin dotes eminentes.