ORESTES
¡Ay de mí! ¿Qué has dicho? Tormento es para un hombre sentir demasiado los males ajenos. Habla, sin embargo, para que, instruido, lleve a tu hermano tristes nuevas que debe, no obstante, oír. La compasión, que no afectaría a un hombre grosero, aflige en ciertos casos a los más cultos, pues no carece de peligro la sabiduría de los sabios si pasa los límites ordinarios.[179]
EL CORO
Iguales son nuestros deseos,[180] ¡oh extranjero!, desde que te he oído. Lejos de la ciudad, ignoro esas desdichas, y ya anhelo saberlas.
ELECTRA
Hablaré si conviene, y conviene sin duda, contar a un amigo mis infortunios y los de mi padre. Ya que me instigas a declarártelos, ¡oh extranjero!, suplícote que los refieras a Orestes, pues también le alcanzan, y que, en primer lugar, sepa cuál es mi traje, cuánto mi desaliño, bajo qué techo habito yo, nacida en regia morada; yo he de tejer mis peplos (o andar desnuda, careciendo de vestido) y traer el agua del río; no tomo parte en los coros ni en las sagradas fiestas, y huyo de las demás mujeres, siendo virgen; huyo de Cástor, que es de mi linaje, y con el cual me desposaron mis padres antes que volase al cielo.[181] Y mi madre se sienta en el trono entre despojos de troyanos, y la sirven esclavas asiáticas, cautivas de mi padre, que prenden sus palios frigios con broches dorados. Pero la negra sangre de Agamenón mancha todavía el pavimento, y su asesino se sirve de sus carros, empuñando gozoso en sus ensangrentadas manos el cetro con que rigió a los griegos. No se acuerdan de su sepulcro, ni le ofrecen libaciones, ni ramos de mirto, ni en la pira presentes de ningún género. Pero el esposo de mi madre, el ínclito Egisto, según dicen, orgulloso con su amor, insulta al sepulcro y arroja piedras al marmóreo monumento de mi padre, y se atreve a proferir contra nosotros estas palabras: «¿Dó yace el niño Orestes? Si lo sabe, ¿por qué no te defiende?». Tales injurias sufre ausente. Suplícote, pues, ¡oh extranjero!, que así se lo digas, pues muchos lo desean, siendo yo su intérprete, y mis manos, mi lengua, mi alma contristada, mi cabeza, mis cabellos y su propio padre; es vergonzoso que él aniquilara a los frigios y que Orestes no pueda matar a un solo hombre, cuando es joven e hijo de tan famoso padre.
EL CORO
Veo al que llaman tu esposo cansado del trabajo, que se apresura a llegar a su morada.
EL COLONO
¿Quiénes son esos extranjeros que están a la puerta? ¿Qué motivo los trae a mis umbrales? ¿Me necesitarán acaso? Indecoroso es para una mujer conversar con hombres jóvenes.