Hace bien en engalanar su cabellera, que nuestros coros seguirán gratos a las musas. Ahora que al rigor de la justicia perecieron estos hombres inicuos, gobernarán nuestro país sus antiguos y queridos reyes. Prosigan, pues, nuestros unánimes y alegres vítores. (Aparecen Orestes y Pílades con su séquito, trayendo el cadáver de Egisto. Electra sale al encuentro de Orestes con coronas y cintas).
ELECTRA
¡Oh victorioso Orestes, hijo de padre también victorioso en las guerras de Ilión!; toma para ti estas coronas entrelazadas. Vuelves a mi casa, no después de recorrer vanamente el estadio, sino después de matar a nuestro enemigo Egisto, asesino de tu padre y del mío. Y tú, Pílades, educado por un varón muy piadoso,[210] que estás a su lado, toma de mi mano otra corona, que te expusiste a iguales peligros. Siempre desearé vuestra dicha.
ORESTES
A los dioses solo, ¡oh Electra!, la debemos; después puedes alabarme, que solo soy instrumento suyo y de la Fortuna. No me jacto vanamente de haber dado muerte a Egisto, y para que nadie lo dude te traigo su cadáver, ya por si quieres echarlo a las fieras que lo despedacen, o suspenderlo de un poste y ofrecer sus restos a las aves hijas del Éter. El que antes se llamaba tu señor es ahora tu siervo.
ELECTRA
De buena gana diría, a no ser por vergüenza...
ORESTES
¿Qué? Habla, ya no tendrás miedo.
ELECTRA