CASANDRA[29]

Estrofa. — Levántala en alto, vuélvela a un lado, trae la luz; mirad, mirad; yo venero con antorchas, yo ilumino este templo. ¡Oh Himeneo, oh rey Himeneo! Feliz esposo y feliz yo, que entre los argivos celebraré nupcias reales. ¡Oh Himeneo, oh rey Himeneo! Ya que tú, ¡oh madre!, lloras y suspiras por mi difunto padre, por mi patria amada, yo, en mis bodas, enciendo esta antorcha en loor tuyo, para que tú brilles. ¡Oh Himeneo, Himeneo! Derrama tu luz, ¡oh Hécate!, y alumbra las nupcias de las vírgenes, según costumbre.

Antístrofa. — Que tu pie hienda el aire, ¡oh tú que vas al frente de los coros! ¡Viva, viva, viva, como en los tiempos en que era feliz mi padre! Sagrado es el carro, guíalo tú, Febo: en tu templo, ceñida de laurel, yo soy sacerdotisa, Himeneo, ¡oh Himeneo, Himeneo! Danza, madre, alza tu pie, danza conmigo a uno y otro lado, que mi amor es grande. Celebrad el himeneo de la esposa con alegres cantares y sonoros vítores. Andad, vírgenes frigias de bellos mantos; cantad al esposo destinado fatalmente a acompañarme en el lecho, después que se celebren nuestras bodas.

EL CORO

¿No sujetarás, ¡oh reina!, a esa doncella delirante, no se precipite en su veloz carrera en medio del ejército argivo?

HÉCUBA

Tú, Hefesto, llevas sin duda la antorcha en las nupcias de los mortales; pero funesta es la llama que agitas ahora y contraria a nuestras pomposas esperanzas. ¡Ay de mí, hija! ¡Cómo había yo de pensar en cierto tiempo que celebraras estas bodas entre soldados enemigos y bajo la lanza argiva! Dame la antorcha, que la tuerces, ¡oh hija!, corriendo delirante a una y otra parte, y todavía no está sano tu juicio. Guardadla (da la antorcha a sus servidores para que la guarden en la tienda), troyanas, y contestad con lágrimas a sus cánticos nupciales.

CASANDRA

Orna, madre, mi sien victoriosa, y alégrate de mis regias nupcias, y guía mis pasos, y si no te obedezco pronto, arrástrame con violencia, porque si Apolo existe, más funesto que el de Helena será el himeneo que contrae conmigo Agamenón, ese ínclito rey de los aqueos. Yo lo mataré y devastaré su palacio, pagándome lo que me debe por haber dado muerte a mi padre y a mis hermanos. Pero pasemos esto por alto: no hablaré de la segur, que herirá mi cuello y el de otros, ni de las luchas parricidas, que brotarán de mis nupcias, ni de la ruina de la familia de Atreo;[30] solo me detendré en esta ciudad, más feliz que sus enemigos (que el dios me inspira, y el delirio me dejará libre algunos instantes), los cuales, por la posesión de una mujer, por perseguir a Helena, perdieron a muchos. Su mismo general, tan prudente, sacrifica lo que más ama[31] en aras de los que más detesta, trueca los goces domésticos que le ofrecen sus hijos por una mujer, y los vende a su hermano, y eso que huyó de grado, no robada por fuerza. Y murieron muchos después que llegaron a las orillas del Escamandro, no por defender su país, ni sus elevadas torres; y los que mató Ares no vieron sus hijos, ni fueron vestidos por última vez por manos de sus esposas, sino yacen en país extranjero. Iguales desdichas acaecían en sus hogares: sus mujeres morían viudas, y otras perdían sus hijos, habiéndolos criado en vano, sin ofrecer sacrificios en su sepulcro. ¡Seguramente merece alabanza tan desastrosa expedición! Más vale callar ahora todo esto y que mi musa no cante tales infamias. En cambio los troyanos daban la vida por su patria, que es la más pura gloria, y al menos los muertos en la guerra eran llevados a sus casas por sus amigos, y cubríalos después una capa de su tierra natal, y vestíanlos las manos de sus parientes. Los frigios que no morían en la batalla vivían con sus esposas e hijos, placer negado a los griegos. En cuanto al destino de Héctor, tan cruel a tus ojos, has de saber que murió después de alcanzar por su valor renombre famoso. Y lo debió a la llegada de los argivos, pues a no venir, su esfuerzo quedaría ignorado; Paris se casó con la hija de Zeus, y de no ser así, acaso en su país hubiese contraído algún oscuro himeneo. El hombre prudente debe evitar la guerra; pero si se llega a ese extremo, es glorioso morir sin vacilar por su patria, e infame la cobardía. Así, madre, no deplores la ruina de Troya, ni tampoco mis bodas, que perderán a los que ambas detestamos.[32]

EL CORO