Estrofa. — Entona, ¡oh musa!, canto fúnebre y nuevos versos acompañados de lágrimas, deplorando la suerte de Troya, porque ahora comenzaré en su alabanza con voz clara triste canción, y lloraré su ruina y mi funesta suerte, cautiva en la guerra, merced al caballo de madera que abandonaron los griegos a las puertas con sus dorados arreos, llenas sus entrañas de armas. Y el pueblo exclamó desde la roca tróade: «Andad, que libres ya de trabajos podéis traer a Troya esta imagen sagrada de la virgen, hija de Zeus». ¿Qué doncella no fue? ¿Qué anciano no abandonó su hogar? Animados con alegres cánticos, se precipitaron ciegos en el abismo que había de perderlos.
Antístrofa. — Todos los frigios acorren a las puertas ansiosos de llevar al templo de Atenea la dolorosa ofrenda labrada por los argivos en silvestre abeto, instrumento de muerte para la Dardania,[40] presente grato a la virgen inmortal que desconoce el himeneo; ciñéronlo con lazos de retorcido lino, como si fuese el negro casco de una nave, y arrastrándolo se encaminaron a la suntuosa morada de Palas, funesta enemiga de mi patria. Apenas había terminado esta fiesta nos envolvieron las tinieblas de la noche, y en toda ella no dejaron de oírse la flauta líbica y los alegres cánticos de las vírgenes frigias al compás de sus danzas ruidosas, mientras en las casas daba negro resplandor a los que dormían la luz de las antorchas.
Epodo. — Yo entonces, formando coros, celebraba en mi albergue a la virgen que habita en los montes, a la hija de Zeus. Voz funesta se oyó a la sazón en la ciudad, morada de los hijos de Pérgamo,[41] y los tiernos niños, agarrándose de los vestidos de sus madres, extendían aterrados sus brazos, y Ares salió de su emboscada por obra de la virgen Atenea. Alrededor de los altares morían los frigios, y en los aposentos destinados al sueño, y en el silencio de la noche, nos arrebataban nuestros esposos, y nos vencía la Grecia, madre de jóvenes guerreros, y llenaba de perpetuo luto a la patria de los frigios.
¿Ves, Hécuba, a Andrómaca en peregrino carro? Contra su pecho palpitante estrecha al caro Astianacte, tierno hijo de Héctor.
HÉCUBA
¿Adónde te llevan así, ¡oh mujer desdichada!, confundida con las armas de bronce de Héctor y con los despojos de los troyanos,[42] ganados en la guerra, que servirán al hijo de Aquiles para coronar los templos ftióticos?
ANDRÓMACA
Llévanme mis señores los aqueos.
HÉCUBA
¡Ay de mí!