Antístrofa. — Aguardarán los troyanos alrededor de las murallas y en la ciudadela de Pérgamo hasta que Ares, con su escudo de bronce y atravesando el mar en naves de afiladas popas, a fuerza de remos, se acerque al álveo del Simois, para arrancar del palacio de Príamo a Helena, hermana de los Dioscuros que están en el cielo, y llevarla a Grecia, y sean vencidos al empuje de las belicosas lanzas y de los clípeos griegos.

Epodo. — Y Pérgamo, ciudad de los frigios, después de presenciar sangrientos combates ante sus torres de piedra, y de ver separada de la cerviz la cabeza de sus hijos, será arrasada en sus cimientos, y hará derramar abundantes lágrimas a las hijas vírgenes y a la esposa de Príamo. Y Helena, hija de Zeus, llorará mucho al abandonar a su marido. Que ni yo ni los hijos de mis hijos vean nunca a las ricas lidias y a las esposas de los frigios hablando así unas con otras, mientras trabajan en sus labores: «¿Quién me arrancará de mi patria arruinada, arrastrando por lagrimoso surco mis cabellos bien peinados solo por tu causa, hija del cisne, orgulloso con su esbelto cuello? ¿Será cierto que Leda te concibió de ave voladora, transformándose en ella Zeus, o que las piérides contaron a los hombres estas fábulas tan inoportunas como temerarias?».

AQUILES

¿Dó yace el capitán de los griegos? ¿Cuál de sus servidores podrá decirle que lo busca Aquiles, el hijo de Peleo? No es igual la suerte de cuantos permanecieron junto al Euripo, porque algunos célibes, lejos de sus hogares, se hallan detenidos en estas riberas, y otros dejaron en ellos mujer e hijos. ¡Tanto ardor (no sin intención de los dioses) mostró la Grecia en esta empresa! Conviene que yo defienda mi derecho; que otros, si les parece, defenderán el suyo. He abandonado la Farsalia y a Peleo, y se oponen a mi navegación estos vientos suaves que soplan en el Euripo, y con trabajo contengo a los mirmidones, que a cada instante me dicen: «¿Qué esperamos, Aquiles? ¿Por cuánto tiempo se ha de dilatar todavía nuestra partida a Troya? Vamos, pues, si ha de ser, o que el ejército vuelva a su patria; no te cuides de las vacilaciones de los Atridas».

CLITEMNESTRA

¡Oh hijo de la diosa nereida! Al oírte desde el palacio he salido a tu encuentro.

AQUILES

¡Oh pudor venerable! ¿Quién es esta mujer que veo, de tan apuesta belleza?

CLITEMNESTRA

No es de admirar que no conozcas a quien no has visto antes; alabo, no obstante, tu homenaje al pudor.