IFIGENIA
Madre, escúchame: veo que te indignas en vano contra tu esposo, pretendiendo imposibles. Justo es que alabemos por su decisión a este extranjero; pero tú debes evitar las acusaciones del ejército, y que por nuestra resistencia sobrevenga a Aquiles alguna calamidad. Oye, madre, lo que pensando se me ha ocurrido: resuelta está mi muerte, y quiero que sea gloriosa, despojándome de toda innoble flaqueza. Vamos, madre, atiéndeme, aprueba mis razones: la Grecia entera tiene puestos en mí sus ojos, y en mi mano está que naveguen las naves y sea destruida la ciudad de los frigios, y que en adelante los bárbaros no osen robar mujer alguna de nuestra afortunada patria, si ahora expían el rapto de Helena por Paris. Todo lo remediará mi muerte, y mi gloria será inmaculada, por haber libertado a la Grecia. Ni debo amar demasiado la vida, que me diste para bien de todos, no solo para el tuyo. Muchos armados de escudos, muchos remeros vengadores de la ofensa hecha a su patria acometerán memorables hazañas contra sus enemigos, y morirán por ella. ¿Y yo sola he de oponerme? ¿Es acaso justo? ¿Podremos resistirlo? Pero vengamos a lo principal. No conviene que Aquiles pelee contra todos los griegos por una mujer, ni que por ella muera. Un solo hombre es más digno de ver la luz que infinitas mujeres. Y si Artemisa pide mi vida, ¿me opondré, simple mortal, a los deseos de una diosa? No puede ser. Doy, pues, mi vida en aras de la Grecia. Matadme, pues; devastad a Troya. He aquí el monumento que me recordará largo tiempo, esos mis hijos, esas mis bodas, esa toda mi gloria. Madre, los griegos han de dominar a los bárbaros, no los bárbaros a los griegos, que esclavos son unos, libres los otros.
EL CORO
Generosos sentimientos, ¡oh tierna joven!, víctima de tu adversa suerte y de Artemisa.
AQUILES
Algún dios, ¡oh hija de Agamenón!, me hubiese hecho feliz concediéndome tu mano. ¡Bienaventurada es la Grecia por tu causa, y tú por ella! No oponiéndote a una deidad más poderosa que tú, has pensado lo que es útil y necesario. Mayor es mi deseo de casarme contigo ahora que conozco tu noble índole y tu sin par grandeza. Escúchame, pues: quiero hacerte dichosa y llevarte a mi palacio, y sentiré, poniendo a Tetis por testigo, no salvarte y pelear contra toda la Grecia. Mira que la muerte es mal grave.
IFIGENIA
Hablo así sin acordarme de nadie. Baste a la hija de Tindáreo ser causa, por su hermosura, de batallas y muertes entre los hombres. Tú, ¡oh extranjero!, no mueras por mí, ni mates a nadie, sino déjame que si puedo, salve a la Grecia.
AQUILES
¡Oh criatura nobilísima! Nada te replicaré ya si así piensas. Generosos son tus sentimientos; ¿por qué no se ha de decir la verdad? Pero quizás te arrepientas de tu propósito. Para que comprendas bien mis intenciones, me colocaré junto al ara y apostaré allí estos soldados, no para asegurar, sino para impedir tu muerte, que acaso sigas luego mis consejos, al ver la cuchilla que amenaza a tu cuello. No te dejaré, pues, morir tan audaz y temerariamente, sino que iré acompañado de estos guerreros al templo de la diosa, y allí te esperaré. (Vase).