Vano es tu deseo, ¡oh desventurado!, quienquiera que seas, que yace lejos de ti y de esta tierra bárbara. Pero basta que seas argivo para que te honre como pueda. Yo adornaré tu sepulcro, y mi mano untará tu cuerpo frío de amarillento aceite, y derramaré sobre tu pira la miel que liba de las flores la roja abeja. Pero voy a traer las cartas del templo de la diosa; no me odies por eso. Custodiadlos, servidores, sin ataduras, que acaso envíe cartas a alguno de mis amigos de Argos, que no las espera, y a quien amo mucho, participándole, con gran gozo suyo, que viven algunos que cree muertos.

EL CORO

Deploro tu destino: pronto serás sacrificado con las sangrientas gotas del agua lustral.

ORESTES

En vez de lamentarlo, ¡oh extranjeras!, debéis regocijaros.

EL CORO

Feliz eres, ¡oh joven!, y afortunada tu suerte, porque vuelves a tu patria.

PÍLADES

Nunca desea un amigo que su amigo muera.

EL CORO