TALTIBIO
Anda, niño, deja ya los dulces abrazos de tu desventurada madre, y sube a las altas almenas de las torres de tu padre, en donde rendirás el alma como han ordenado los griegos. Lleváoslo, pues. Para anunciar tales desdichas sería preciso no tener entrañas y ser más impudente de lo que yo soy.
HÉCUBA
¡Oh hijo, oh hijo de mi hijo desdichado!: inicuamente nos arrancan tu vida a mí y a tu madre. ¿Qué haré? ¿Qué haré yo por ti, ¡oh desventurado!? ¡Solo estas heridas en nuestra cabeza y estos golpes en nuestro pecho! ¡Solo podemos esto! ¡Ay de mí, ay de mi ciudad! ¡Ay de mí por tu causa! ¿Qué mal no sufrimos, cuál nos falta, para que acaben de una vez conmigo? (Retíranse Taltibio, Andrómaca y Astianacte).
EL CORO
Estrofa 1.ª — Oh Telamón,[49] rey de Salamina,[50] abundante en abejas y cercada del mar, próxima a la santa colina en donde enseñó Atenea el primer ramo de verde oliva,[51] celestial corona, gloria de la espléndida Atenas: tú viniste antes de la Grecia con el hijo de Alcmena, armado del arco, guerrero esforzadísimo, a derribar, a derribar a Ilión, nuestra ciudad.[52]
Antístrofa 1.ª — En cuyo tiempo capitaneó la flor de la Grecia, enfurecido por la negativa de Laomedonte de entregarle los caballos,[53] e Ilión contempló sus naves, que cortaban las ondas, junto al Simois, de caudalosa corriente, y sujetó con los cables sus popas, y de ellas sacó las flechas que tiraba su certera mano y que dieron a Laomedonte la muerte, y demolió con la encendida tea las murallas construidas por arte de Apolo, y devastó el campo troyano. Ensangrentada lanza destruyó a Troya dos veces en dos asaltos distintos.
Estrofa 2.ª — En vano, pues, recostado con molicie entre doradas copas, ¡oh hijo de Laomedonte!, llenas los vasos en que bebe Zeus, honrosísimo cargo; el fuego devora a la tierra que te crió. Las riberas del mar resuenan, y como el ave que clama por sus hijuelos, así lloran unas a sus esposos, otras a sus hijos, otras a sus madres ancianas. Ya no existen tus deleitosos baños, ya no existen tus gimnasios, y tú, junto al trono de Zeus, ostentas tranquilo tu semblante gracioso y juvenil, y la lanza griega ha devastado la tierra de Príamo.
Antístrofa 2.ª — Amor, amor que viniste en otro tiempo al palacio de Dárdano por orden de los dioses. ¡Cuán soberbiamente ensalzaste entonces a Troya! ¡Qué estrechos lazos contrajo con los dioses! No lo diré para afrenta de Zeus; pero la luz de la Aurora, de blancas alas, grata a los mortales, alumbra a esta región mortífera y contempla impasible la ruina de Pérgamo, aunque de aquí fuese oriundo el esposo[54] que en su tálamo la hizo madre de sus hijos, y fue transportado entre los astros por la cuadriga dorada, consoladora esperanza de su patria; pero los amores de los dioses de nada han servido a Troya.
MENELAO