Quédate aquí, porque si emplea contra ti la fuerza, este sepulcro y tu espada podrán defenderte. Yo entraré en el palacio, y cortaré antes mis cabellos, y en vez de vestidos blancos me los pondré negros, y con mis manos llenaré de sangre mis mejillas. Grande es el peligro, y resultará una de dos cosas: o moriré si descubren nuestro artificio, o volveré a mi patria, salvándote. ¡Oh Hera veneranda! que yaces en el lecho de Zeus, protege a dos desdichados que te lo ruegan tendiendo sus brazos al cielo, en donde habitas entre sus espléndidos astros. Y tú, Afrodita, que obtuviste la palma de la belleza al precio de mis nupcias, no me pierdas. Bastante daño me has hecho ya, dando a los bárbaros mi nombre, no mi cuerpo. Si quieres que muera, que sea en mi patria. ¿Nunca te compadecerás de los míseros mortales, olvidándote de amores, artificios y engaños, manantial de sangre que brota del seno de las familias, seducidas por tus dulces atractivos? Si te moderases serías la diosa más amada de los hombres. Nada más diré. (Vase).

EL CORO

Estrofa 1.ª — Ruiseñor de triste canto, rey de las aves cantoras, que revuelas gozoso en las umbrías arboledas habitadas por las musas; ven a acompañar mis lamentaciones y modula tus trinos con tu garganta, recordando los trabajos de la mísera Helena y las desdichas deplorables de los hijos de Troya, vencidos por las lanzas griegas, cuando guiado por Afrodita vino Paris, tu infausto esposo, ¡oh Helena!, turbando la mar con bárbaros remeros, y llevándose de Lacedemonia la compañera de Menelao, tan funesta a los hijos de Príamo.

Antístrofa 1.ª — Muchos aqueos sufrieron dolorosa muerte, ya atravesados por la lanza, ya heridos por las piedras, obligando a cortar sus cabellos a sus esposas, que desde entonces yacen viudas en solitario hogar. A muchos perdió también el marino que usa un solo remo y alumbra con luz ardiente la isla de Eubea,[362] encendiendo luminar engañoso, y arrastrándolos a las rocas Cafereas o a las costas del mar Egeo. Funestos fueron los montes sin hospitalarios puertos, cuando el soplo de las tempestades llevó a Menelao lejos de su patria, acompañado de bellísimo portento, vestido a la bárbara usanza, causa de contienda entre los griegos, sagrada imagen que formó Hera de la niebla.

Estrofa 2.ª — ¿Qué hombre de los que investigan la razón de todo podrá afirmar que hay dioses o que no los hay, viéndolos girar en todos sentidos por los accidentes más imprevistos?[363] Tú, ¡oh Helena!, hija de Zeus que transformado en ave te engendró en el seno de Leda, infame has sido en la Grecia, que te llama deshonesta, traidora, pérfida e impía, y al fin no sé lo que creerán los hombres. Pero la palabra de los dioses ha sido para mí verdadera.

Antístrofa 2.ª — Insensatos sois cuantos ansiáis bélica gloria, dirimiendo neciamente las míseras contiendas humanas con la punta de la guerrera lanza. Si ha de resolverlas lucha sangrienta, nunca huirá la discordia de las ciudades. También invadió los lechos nupciales de la tierra de Príamo, cuando por medios pacíficos hubiesen podido arreglar sus encontradas pretensiones acerca de tu posesión, ¡oh Helena! En el Orco yacen ahora los troyanos, y la llama arrasó, cual rayo de Zeus, las murallas, y unas desdichas siguen a otras, y nunca cesan las calamidades que afligen a los míseros troyanos. (Mientras canta el Coro, Menelao se esconde detrás del sepulcro de Proteo. Así permanece oculto a la vista de Teoclímeno, que llega del campo acompañado de monteros y perros).

TEOCLÍMENO

Salve, sepulcro de mi padre: a la puerta de mi palacio te sepulté, ¡oh Proteo!, atento solo a mi salvación, y siempre tu hijo Teoclímeno, cuando sale o entra en él, te saluda respetuosamente, ¡oh padre mío! Vosotros, servidores, llevad a la regia estancia los perros y las redes de las fieras.[364] Muchas veces me he arrepentido de no castigar a los malvados con la muerte. Y ahora poco supe que cierto griego había arribado públicamente a esta costa y engañado a los espías, ya él también lo sea, ya trate de robar a Helena; pero morirá si cae en mis manos. ¡Hola! Ya, según parece, ha realizado su propósito, porque, abandonando el sepulcro, la hija de Tindáreo ha huido en alguna nave de este país. Eh, servidores, abrid las puertas, desatad los caballos y sacad los carros, para que en cuanto pueda no me engañen, arrebatándome la esposa que deseo. (Sale Helena del palacio vestida de luto, cortados los cabellos y derramando lágrimas). Pero no os mováis, que en el palacio está la que vamos a perseguir, y no ha huido. ¡Hola! ¿Por qué te vistes de negro, no de blanco, y has cortado con el hierro los cabellos de tu bella cabeza y lloras, regando tus mejillas lágrimas abundantes? ¿Te hacen gemir nocturnos sueños o la fama te ha traído triste nueva, llenándote de aflicción?

HELENA

¡Oh señor!,[365] que ya te debo llamar así, muerta soy. Completa es mi ruina, todo se acabó ya para mí.