—¡No siempre! ¡Cuando otros trabajan por ocultarla!... Bueno: si usted quiere que yo crea lo que me dice, lo creeré. Pero más difícil me es comprender el tono de vanagloria con que se acusa usted a sí misma. Sé que usted desconoce las leyes; ¿pero entonces, en la sociedad ideal por cuyo advenimiento trabaja usted, se matará impunemente y hasta será un timbre de gloria haber destruido una vida, así, por placer?

—No por placer.

—¡Cómo! ¿Será probablemente un deber para todo amante celoso apartar del medio el objeto de sus celos?

—Usted no sabe.

—¡No sé, efectivamente! ¿Es cierto, sí o no, que el Príncipe no podía decidirse a renunciar a la Condesa porque la amaba otra vez?

—Es cierto.

—¿Y usted no estaba celosa?

La joven contestó con voz glacial, haciendo que las palabras se destacaron sonoras, una después de otra:

—Mis sentimientos personales no importan: ningún sentimiento, ningún deber, nada importa cuando se ha llegado a comprender el deber. La vida de los demás, nuestra propia vida, el honor, los afectos, todas las cosas vanas deben ceder ante él. Esta es mi norma, y debía ser también la suya. ¡Pero él la olvidó!...

Ferpierre comenzaba a comprender.