«Sea como usted quiera,» la había dicho, «pero ese hombre la dejará a usted una vez más.» ¿No había ido aún más lejos con el pensamiento? El temor de ser desdeñado no lo había impulsado a apretarle la mano y a decirla con dureza: «¿Y por un hombre como aquel me rechaza usted a mí? ¿Y después de haberse perdido usted por él, por él, se niega usted a rescatarse?...»
Y a la sombría luz de este pensamiento, el joven se dirigía esta otra pregunta, más ansiosa que las demás:
«¿Entonces ha hecho bien en matarse?»
Si era un germen venenoso su nuevo amor, ¿no era mejor que hubiera muerto? Si ella había comprendido que, al quererla suya, pensaba rescatarla, llevar a cabo un acto generoso, ¿habría resistido y se había dado la muerte, no por fidelidad a Zakunine, sino por la desesperada certidumbre de una desinteligencia fatal a ese nuevo amor? Y muerta ya para él, ¿cómo pretendía juzgarla aún? Si creyéndola víctima de la crueldad del otro, le había dado toda la compasión de que su corazón era capaz, ¿no debía, cuando ya el voluntario sacrificio la había rehabilitado, darle una compasión más ardiente aún, la compasión aliméntala por el remordimiento?
Toda la seguridad de los juicios se volvía entonces en su contra. ¿Quién era él, que pretendía condenarlo?
¿Y por qué la había condenado, sino porque se le había esquivado? ¿Qué otra cosa que la pasión egoísta, esa pasión voraz y no satisfecha, le hacía ser severo para su memoria? Nada que no fuera el sofisma de la presuntuosa pasión le decía que el compromiso contraído por Florencia no era válido y que si lo hubiera olvidado para aceptarlo a él habría estado en lo honrado y lo justo. Él, que la quería perfecta, ¿no tenía como todos los seres humanos y más que muchos, sus debilidades y sus culpas?
De estos pensamientos opuestos salía por fin resignado a la realidad inexorable, dispuesto a reconocer que si la pobre muerta no había sido tan bella como la amorosa fantasía la había pintado, tampoco había sido tan mala como él la veía en el rencor del abandono. Pero, no obstante, se sentía mortificado y dolorido. El tener que renunciar a la perfección imaginada le hacía mucho daño. Se decía a sí mismo que nadie en el mundo es perfecto, y, sin embargo, perfecta quería seguir viendo a su hermana de elección. Y todos sus esfuerzos por glorificar o por lo menos legitimar el sacrificio voluntario eran vanos.
No era verdad que al darse la muerte se hubiera redimido. La redención está en la vida, no en la muerte. La muerte no resuelve el problema moral; lo evita. Si no quería o no podía aceptar el ser suya, como él había esperado, la quedaba todavía otro camino: huir, desaparecer, pero sin renunciar a la vida.
¿No era ese el camino?
Vérod se sentía vacilante asaltado por la duda, lleno de ansiedad. La eficaz virtud del ejemplo había iluminado y dado seguridad a su juicio respecto a los más graves problemas humanos. Ella había realizado el prodigio de hacerle salir de la duda, de la incertidumbre en que vivía. Ella había sido su religión, con la luz de sus ideas lo había iluminado, lo había guiado con mano firme por entre todas las contradicciones, engaños y errores, le había enseñado lo que debía creer y lo que debía negar. Y de pronto volvía a caer en sus vacilaciones. ¡Debía vivir! ¡Debía morir! ¡Cómo resolver el tremendo dilema de vivir en el error o de morir por evitarlo! ¡Tienen los hombres el derecho de disponer de su existencia! Y si este derecho no les pertenece, ¿quién puede impedirles que lo ejerzan?... El joven había vuelto confiadamente los ojos al Cielo, al Cielo que en otra ocasión había encontrado vacío, desierto, impenetrable: ella también lo miraba así. Y no sabía ya lo que en él podía ver, o lo que es peor, temía saber demasiado. ¡Florencia se había dado la muerte! ¡No había tenido miedo del juicio de Dios! No había pensado en la salvación de su alma, no había creído en su vida futura: se había matado porque todo acaba en la muerte.